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La recuperación actual de la mística

La mística vuelve hoy como síntoma de una época en crisis. Pero no todo rescate es emancipador; también puede reactivar viejas jerarquías entre razón y cuerpo, modernidad y tradición. Leer la mística exige preguntarse qué puede decirnos hoy ese pensamiento.

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La mística vuelve, impulsada por una determinada visión feminista que busca recuperar autoras en la historia, y por un reflujo religioso que parece crecer en los últimos años. Diseño realizado a partir de las imágenes de Freepiks (licencia CC).
La mística vuelve, impulsada por una determinada visión feminista que busca recuperar autoras en la historia, y por un reflujo religioso que parece crecer en los últimos años. Diseño realizado a partir de las imágenes de Freepiks (licencia CC).

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¿Por qué la mística hoy?

En los últimos años, hemos asistido a una recuperación del pensamiento místico. Especialmente, se recupera aquel escrito con mujeres, que han adquirido una nueva presencia en los debates filosóficos, y también en torno al feminismo.

Se trata de nombres que durante siglos circularon en los márgenes de la historia intelectual, como Hadewijch de Amberes, Mechtilde de Magdeburgo, Margarita Porete, Ángela de Foligno, Juliana de Norwich, Hildegarda de Bingen o Teresa de Jesús, y otros que sí que se reconocen más en el mundo de la filosofía como Edith Stein o Simone Weil. Todas tienen en común que vuelven a aparecer en antologías, cursos universitarios y hasta en discos de música.

¿Por qué se recupera hoy su pensamiento? Por un lado, el movimiento feminista puso de relieve que había conocimiento más allá del canon filosófico tradicional, de corte androcentrista. Por otro, precisamente este movimiento entró en un relativo declive, lo cual dio lugar a la recuperación de respuestas más tradicionales. Desde esta intersección, aparentemente contradicción, es desde donde debe interpretarse la recuperación de la mística.

la mística
El libro de las obras divinas, de Hildegarda de Bingen (Herder Editorial).

La mística es un saber que oscila entre lo racional y lo corporal. Precisamente esta dupla ha sido considerada un elemento central de la filosofía. La razón ha sido vista por los filósofos como el culmen del conocimiento, mientras el cuerpo era relegado a un segundo plano. Los místicos (no solo las místicas) proponen un conocimiento que va de lo filosófico a lo religioso, privilegiando el cuerpo como fuente de conocimiento fiable. La recuperación del misticismo es precisamente esta recuperación de lo corporal.

¿Y por qué parece que se recupera solo a las mujeres? ¿Por qué no, por ejemplo, a san Juan? Porque este mismo esquema epistemológico clásico que dividía el conocimiento entre racional (fiable) y corporal (no fiable) replicaba la misma estructura en la dupla hombre-mujer. El conocimiento racional era, supuestamente, el más propio de los hombres. El saber de las mujeres, muchas veces anclado a las experiencias corporales, era descartado. Por supuesto, esta interpretación obvia el hecho de que ningún sujeto, ni hombre ni mujer, adquiere conocimiento por una sola de estas vías.

Por último, el otro elemento de recuperación de la mística tiene que ver con una recuperación mucho más amplia de la religión. Vivimos en una época convulsa. En los años noventa se pronosticaba el fin de la historia, pero la historia, sus crisis y sus guerras no acabaron. Más bien todo lo contrario. La crisis de 2008 fue un quiebre de la hegemonía liberal que no ha hecho más que intensificarse. La pérdida de potencial imperial de Estados Unidos en el mundo cambia un tablero de juego geopolítico que llevaba casi intacto desde la segunda posguerra.

En este sentido, estamos en un interregno, en palabras de Gramsci. Un cierto tipo de crisis que «[…] consiste precisamente en el hecho de que el viejo mundo muere y el nuevo aún no puede nacer; y en este claroscuro surgen los monstruos». Si bien son oportunidades para que se extienda un pensamiento más progresivo y superador del orden existente, también cabe la posibilidad de que se abra la puerta a pensamientos que ya estaban superados. Esos son los «monstruos» de los que habla Gramsci, y también desde aquí hay que leer la recuperación del pensamiento místico.

La mística es un saber que oscila entre lo racional y lo corporal. Precisamente esta dupla ha sido considerada un elemento central de la filosofía. La razón ha sido vista por los filósofos como el culmen del conocimiento, mientras el cuerpo era relegado a un segundo plano

¿Puede el feminismo recuperar la mística?

A menudo se plantea que recuperar a las místicas es un gesto feminista. Como si la recuperación de un saber femenino fuera, en sí mismo, algo feminista. Sin embargo, existe el riesgo de que una recuperación apresurada, meramente celebratoria o sentimental reproduzca precisamente las estructuras que dice combatir.

La cuestión se vuelve especialmente compleja a la luz de dos problemas. El primero es histórico: muchas de estas mujeres no fueron feministas en ningún sentido del término. Fueron monjas, beguinas, visionarias, reformadoras o escritoras religiosas inscritas en un universo cristiano profundamente jerárquico, patriarcal y teológico. No pensaron desde categorías como la igualdad de género, la autonomía o la liberación sexual. ¡Ojo! Otras monjas tal vez sí, como Sor Juana Inés de la Cruz, pero precisamente se trata de un ejemplo de una monja cuyo pensamiento poco o nada tenía que ver con la mística.

El segundo problema es más filosófico: a menudo se las recupera como representantes de un pensamiento «desde el cuerpo», desde la afectividad, la experiencia, la carne, frente a una razón abstracta supuestamente masculina. Pero, como veíamos antes, esta operación puede reforzar una de las distinciones más persistentes de la tradición occidental: la oposición entre razón y cuerpo, espíritu y materia, pensamiento y sensibilidad, masculino y femenino.

¿Tiene el feminismo que recuperar la mística? Probablemente no. Es un ejercicio de honestidad intelectual con cualquier autor del pasado tratar de no convertirlo retrospectivamente en un militante contemporáneo, ni de hacer de los textos de las mujeres una reserva pura de «sabiduría femenina». Y con esto tampoco se trata de negar la potencia subversiva que muchas de ellas tuvieron en el seno de la Iglesia, pero esa subversión se dio en unos marcos limitados y, hoy, la realidad es muy distinta.

¿Cómo leer la mística hoy?

Recuperar hoy el pensamiento místico no debería consistir en convertir a sus autores en figuras pintorescas del pasado ni en reducirlos a precursores involuntarios de nuestras preocupaciones contemporáneas. Tampoco basta con admirar la rareza de sus visiones, la intensidad de sus experiencias o la belleza de sus imágenes.

La cuestión interesante es qué queda en pie de ese pensamiento cuando ha desaparecido, al menos para una parte importante de nuestras sociedades, el mundo religioso que le daba sentido. Qué puede decirnos todavía una escritura nacida de la oración, la clausura, la obediencia, el éxtasis y la unión con Dios en un presente secularizado, acelerado, descreído, administrado por la técnica y saturado de discursos sobre el yo.

Una parte del pensamiento místico pertenece de manera inseparable a su propio tiempo. Sus categorías son teológicas y su horizonte, cristiano. Su lenguaje presupone una relación con Dios, con la salvación, con el pecado, la gracia y la autoridad eclesial que no puede trasladarse sin más. Los místicos no pensaban la experiencia interior como autoayuda ni la relación con el cuerpo como afirmación individualista de la identidad. Su mundo estaba atravesado por jerarquías, dogmas, disciplinas y formas de vida que hoy resultan ajenas, cuando no directamente problemáticas.

El «yo» no basta

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Byung-Chul Han, de Juan David Almeyda Sarmiento (Libros de FILOSOFÍA&CO).

Lo primero que queda en pie de la mística es una sospecha radical contra la autosuficiencia del sujeto. La cultura contemporánea tiende a imaginar el yo como un proyecto que debe optimizarse, para después exhibirse. El individuo aparece como propietario de sí mismo, responsable de su rendimiento, su felicidad o su éxito. A esto se refiere Byung-Chul Han con la sociedad del rendimiento. Incluso muchas formas actuales de espiritualidad han sido absorbidas por esa lógica: meditar para ser más productivo, respirar para gestionar mejor el estrés, cuidar el alma para seguir funcionando.

Frente a esta idea, la mística plantea que el yo no se realiza poseyéndose, sino perdiéndose. No se alcanza acumulando atributos, sino despojándose, no se salva afirmándose sin límite, sino atravesando una experiencia de vaciamiento. La idea puede sonar peligrosa si la entendemos como la anulación de uno mismo. Y, en efecto, hay en la mística lenguajes de aceptar pasivamente el sufrimiento, en la línea de la penitencia cristiana. Pero, si se recupera hoy, es porque las loas modernas al narcisismo tampoco convencen a las grandes mayorías, por lo menos no hasta el final.

El neoliberalismo propuso la total independencia del sujeto, pero esta independencia se ve frustrada por la vulnerabilización y precariedad a la que el propio sistema nos somete. En la mística, la plenitud no es la expansión ilimitada del ego, sino abrirse a algo que lo excede, que es Dios. Para nosotros hoy ese algo puede ser también el amor, la comunidad o la justicia.

Recuperar hoy el pensamiento místico no debería consistir en convertir a sus autores en figuras pintorescas del pasado ni en reducirlos a precursores involuntarios de nuestras preocupaciones contemporáneas

Pensar, sentir, vivir

En segundo lugar, la mística propone una concepción del conocimiento que no separa de manera tajante el pensar, el sentir y el vivir. Porque los místicos no escribían desde una razón abstracta situada fuera del cuerpo, pero tampoco desde la pura irracionalidad. Conocer, para ellos, era ser modificado por aquello que se conoce, como si de una dialéctica hegeliana se tratase. Por eso sus textos están llenos de imágenes corporales. El cuerpo no aparece como un obstáculo para el espíritu, sino como el lugar donde la experiencia se inscribe.

Como vimos, la separación entre razón y cuerpo fue una constante en la tradición filosófica occidental. Los místicos desordenaban esa distribución. El cuerpo puede ser lugar de conocimiento sin dejar de ser cuerpo, y el dolor podía contener un sentido sin convertirse en virtud por sí mismo. Lo que queda hoy de esta intuición no es tanto la glorificación de la experiencia corporal, como la posibilidad de pensar contra la razón descarnada. No conocemos en abstracto, sino con la voz, la memoria, nuestros deseos, etc. La mística nos obliga a reconocer que toda verdad que no toque la vida permanece incompleta.

Los místicos no son puramente empiristas. La mística no identifica el cuerpo con la autenticidad. No todo lo que sentimos es «verdad» por el hecho de sentirlo. La experiencia debe ser interpretada, probada, escrita y sometida a discernimiento, porque las visiones nos pueden engañar y el deseo confundirse. La experiencia es el comienzo de un trabajo, y no su final.

Decir lo indecible

Su reflexión sobre el lenguaje sigue siendo muy actual. Porque la propia mística nace de la paradoja de tratar de decir lo indecible. La unión con Dios desborda las palabras, pero solo con palabras puede comunicarse. Por eso, sus obras tienden a usar metáforas, contradicciones, excesos, balbuceos o fórmulas imposibles. El lenguaje místico pretende producir en quien lee una aproximación a aquello que no se puede reducir conceptualmente.

Habitualmente consideramos que con el lenguaje nos comunicamos (informamos, vendemos, gestionamos o convencemos; es decir, producimos efectos medibles), o bien reducimos el pensamiento a fórmula. Pero la mística plantea que el lenguaje puede servir para abrir zonas de no dominio, donde no todo se tiene que cerrar y definir. Hay palabras que agotan lo real, sino que lo dejan respirar, como ocurre con el lenguaje poético. El reto de la escritura mística es no simplificar la experiencia, sino mantener viva su dificultad. Lo místico reconoce los límites de la palabra, especialmente cuando se trata del dolor, del amor, de la muerte, de la fe, del deseo o de la pérdida.

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Amar es conocer

Para muchos místicos, el amor no es una emoción privada, sino la principal vía de acceso a la verdad. Se conoce amando, porque el amor transforma al sujeto y lo saca de su encierro. Así que no tiene nada que ver con la posesión del otro, más bien es al contrario. El amor, en la mística, es un tipo de desposesión, porque amar no es apropiarse del otro, sino ser desplazado por él. No se trata de confirmar lo que ya se es, sino de abrirlo a una experiencia radicalmente nueva.

Desprendida de toda apología del sufrimiento (lo cual no siempre ocurre), esta idea puede ser una vacuna contra la organización del amor bajo la lógica de la satisfacción personal. Amar es perder el control, transformarse, exponerse, depender, esperar, no dominar. Ningún amor importante deja intacto a quien ama.

La propia mística nace de la paradoja de tratar de decir lo indecible. La unión con Dios desborda las palabras, pero solo con palabras puede comunicarse

La libertad

Simone Weil, de Mercedes López Mateo (Libros de FILOSOFÍA&CO).
Simone Weil, de Mercedes López Mateo (Libros de FILOSOFÍA&CO).

Desde una perspectiva moderna, podría parecer que las místicas fueron todo menos libres: muchas vivieron bajo reglas religiosas, sometidas a confesores, votos, clausuras y autoridades masculinas. No por ello dejaron de pensar la libertad; en su caso no como capacidad de elegir entre opciones, sin limitaciones, sino como liberarse del yo, del ego o del prestigio. Una idea muy cristiana.

La mística pone en cuestión la multiplicidad de elecciones moderna. Por eso, es recuperada desde críticas contemporáneas del capitalismo, como la de Byung-Chul Han, que es lector de Simone Weil y reivindica su idea de vida contemplativa. La idea central es que no basta con tener más opciones si seguimos deseando según las formas que el poder ha producido en nosotros.

En relación con la discusión de la libertad, la mística abre otra sobre la autoridad. Las místicas, por ejemplo, escribieron desde posiciones institucionalmente frágiles, porque muchas no tenían autoridad doctrinal formal. Al afirmar que hablaban porque Dios hablaba en ellas, podían abrir un espacio de palabra que les habría sido negado como mujeres. La autoridad no provenía de un título ni de un cargo, sino de una experiencia que la institución debía reconocer o, al menos, no podía ignorar fácilmente sin exponerse a negar la acción de Dios.

Aunque hoy no aceptemos ese fundamento teológico de autoridad, nos obliga a preguntarnos por el derecho a la palabra. Su caso demuestra que el conocimiento no circula en abstracto, sino que necesita de autorizaciones y mediaciones materiales. Depende, en mayor o menor medida, del poder.

Lo más crítico: relación con el sufrimiento y la trascendencia

No todo en el pensamiento místico puede conservarse sin crítica. Su relación con el sufrimiento es uno de los puntos más delicados. Muchas místicas escribieron desde prácticas ascéticas, enfermedades, mortificaciones o identificaciones intensas con la pasión de Cristo. En algunos textos, el dolor aparece como vía de purificación, prueba de amor o participación en lo divino.

Sin embargo, no hay nada emancipador en glorificar el sufrimiento, especialmente cuando históricamente se ha pedido a las mujeres que soporten, callen, se sacrifiquen y encuentren virtud en la renuncia. La cultura actual tiende a no saber qué hacer con el sufrimiento salvo medicalizarlo u ocultarlo. La mística, con sus riesgos, se atreve a mirar el dolor como una experiencia que transforma la relación con el mundo.

Otra parte del pensamiento místico que requiere traducción crítica es su horizonte de trascendencia. Para las místicas, lo decisivo no está enteramente dentro del mundo disponible. Hay una alteridad absoluta, que es Dios.

Sobre la autora
Fotografía en blanco y negro de Irene Gómez-Olano, hecha por Natalia Lago. La fotografía muestra a una persona joven con el pelo negro corto, tipo "mullet", sin que le caiga por los lados. Mira a cámara con las cejas rectas y tiene una sonrisa ambigua en la cara.
Sobre la autora

Irene Gómez-Olano (Madrid, 1996) estudió Filosofía y el Máster de Crítica y Argumentación Filosófica. Trabaja como redactora en FILOSOFÍA&CO y colabora en Izquierda Diario. Ha colaborado y coeditado la reedición del Manifiesto ecosocialista (2022). Su último libro publicado es Crisis climática (2024), publicado en Libros de FILOSOFÍA&CO.

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