Primero, la historia para Kant
Immanuel Kant (1724-1804) comenzó siendo un discípulo del racionalismo leibniziano de Christian Wolff. Después, al tomarse en serio la crítica de Hume a la metafísica de la sustancia, alcanzó una posición propia. Uno de sus emblemas lo encontramos en la expresión «giro copernicano». Hasta ahora, nos dice el filósofo alemán, el sujeto humano ha girado en torno a los objetos del mundo, pero, siguiendo esta senda, se ha llegado a una serie de callejones sin salida cuando se ha intentado probar la existencia de objetos suprasensibles como el alma, el mundo o Dios. Para evitar estas dificultades, Kant sostiene que, en contra de las tesis del realismo tradicional, son los objetos los que giran alrededor del sujeto humano. Es el ser humano, por su entraña racional, el Fundamento (con mayúscula) del mundo: su centro de gravedad, su punto arquimédico.
La idea de una Historia Universal en Progreso cristalizó en el siglo XVIII en autores como Voltaire, Turgot o Condorcet. En general, estos autores se concentraron en recopilar hechos empíricos para intentar probar la afirmación previa de que la historia estaba orientada por un progreso evidente. Es precisamente aquí donde Kant aportó algo clave, ausente en sus precedentes: una fundamentación rigurosa de esta concepción de la Historia como Progreso Universal.
Kant elaboró esta cuestión sosteniendo que la historia sigue un plan racional que había permanecido oculto hasta la Ilustración. Es en la Ilustración donde el ser humano se acerca a su mayoría de edad, pues se reconoce, ahora sí, como el sujeto racional del mundo, como su firme fundamento. Se afianza, como podemos ver, el paso desde el viejo teocentrismo al nuevo antropocentrismo.
Este plan inherente a la historia universal se orienta hacia un fin, en el que convergen todos aquellos elementos que han sido explicitados en la Crítica de la razón pura, la Crítica de la razón práctica y la Crítica del juicio. El ser humano, en tanto sujeto racional, es legislador: con su actividad científica promulga una ley de la naturaleza y con la ética dibuja una ley moral. Visto de esta forma, la finalidad de la historia —su meta central— consiste en hacer que esas leyes se cumplan. En ese momento, la realidad natural y la realidad social alcanzan su perfección: coinciden con su ideal racional.













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