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Número 16 de la revista impresa FILOSOFÍA&CO.

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REVISTA Nº 16

Dosier

Filosofía de la soledad (in)evitable

Vidas conectadas, pero desvinculadas

F+ ¿Qué aporta la nueva filosofía joven?

Nerea Blanco (arriba izda.), Myriam Rodríguez (arriba dcha.), Javier Correa (abajo izda.) y Belén Quejigo (abajo dcha.), cuatro caras de la filosofía joven de hoy.

¿Renovarse o morir? En los últimos años, filósofos de las generaciones más recientes han sabido ver las herramientas que el siglo XXI ha traído consigo y que pueden ser de utilidad para acercar de un modo diferente la filosofía a las calles. Charlamos con cuatro representantes de la filosofía joven de hoy sobre eso, sobre juventud, filosofía y proximidad: Belén Quejigo, profesora de filosofía; Nerea Blanco, la mujer que está detrás de Filosofers; y Myriam Rodríguez y Javier Correa, fundadores del colectivo Mentes Inquietas.

F+ ¿Hacia dónde va el feminismo hoy? Cuatro pensadoras responden

Feminismo. Imagen de Samantha Pantoja de la marcha del último 8M en México. Licencia Wikimedia Commons CC BY 2.0.

Con motivo del 8 de marzo, día de las mujeres, hemos preguntado a cuatro filósofas hacia dónde creen que se dirige el feminismo. Y aquí están sus reflexiones.

F+ Silvia Federici: otra lectura de la historia

«Calibán y la bruja» es la obra de Silvia Federici donde demuestra que dar una perspectiva feminista a la Historia es posible e iluminador. Montaje realizado desde dos imágenes de Wikimedia Commons (foto de Federice, bajo licencia CC BY-SA 3.0; ilustración, bajo licencia CC BY 2.0).

Silvia Federici, la autora de «Calibán y la bruja», es una de las filósofas principales en la actualidad en cuestión de teoría feminista anticapitalista. Las puertas que abre Federici permiten ver un marxismo más allá del obrero masculino como sujeto único y entender así el resto de opresiones a las que el trabajo asalariado hace sombra.

F+ ¿Qué es el Jardín de Epicuro?

El Jardín de Epicuro fue la escuela que él fundó en una época de descontento geopolítico para huir de la ciudad. Busto de Epicuro de Gordon Johnson en Pixabay.

Todos hemos escuchado alguna vez aquello de que «crisis significa oportunidad» y, aunque quizás no siempre sea cierto, lo que está claro —y ahora mismo podemos comprobarlo con la pandemia— es que los paradigmas cambian radicalmente después de los momentos más oscuros. Esto fue lo que sucedió en la Atenas de Epicuro, que había nacido…

F+ Derecho, Estado y política en Kant y Schmitt

Contenidos-exclusivos Kant y Schmitt

FILOSOFÍA&CO - Contenidos

Este artículo ofrece una exposición de los conceptos «derecho», «Estado» y «política» en Immanuel Kant y Carl Schmitt, así como de sus relaciones mutuas. Kant constituye uno de los pilares teóricos de la vertiente de la Modernidad contra la que escribe Schmitt cuando realiza su crítica al formalismo, al normativismo, al legalismo y al liberalismo. Además, Kant es referente polémico de Schmitt a través de la mediación de Kelsen. Tras mostrar sistemáticamente el sentido de estos conceptos en ambos autores, se exploran los cruces entre ellos: en qué medida Schmitt rechaza y en qué medida asume la herencia kantiana. Dicho cruce permite iluminar algunos debates actuales sobre el republicanismo.

Por Clara Ramas San Miguel, Universidad de Zaragoza

La contraposición entre Kant y Schmitt, siendo Kant uno de los puntales de la filosofía política moderna y Schmitt uno de sus más agudos críticos, tiene el rendimiento de ilustrar dos modos de pensar el derecho, el Estado y la política desde presupuestos ontológicos absolutamente contrapuestos; y, consecuentemente, como dos maneras de posicionarse en la Modernidad. Se lee a Schmitt aquí, por lo tanto, siguiendo la línea interpretativa de Jean-François Kervégan, como algo más que un simple jurista o especialista en derecho: su teoría del derecho, al menos de 1919 a 1933, es «la expresión más consciente y radical de la emancipación respecto de la tutela filosófica, en la medida en que esta pueda ser identificada con la de una cierta forma de racionalidad […]». Schmitt sostiene, por tanto, posiciones fuertemente filosóficas.

Kant aparece en varios momentos de la obra de Schmitt como representante de la teoría moderna/liberal del Estado. El punto más conocido de su polémica es el situado en el campo del derecho internacional, a propósito del cosmopolitismo y el concepto de «paz perpetua» en el contexto de la novedad histórica de un orden político globalizado o «Nomos de la Tierra». Sin embargo, también si atendemos a su Teoría del Estado encontramos un posicionamiento crítico, en la medida en que sitúa a Kant en la corriente normativista y liberal, pero también un reconocimiento de Kant como teórico clásico del Estado como unidad suprema de lo político. En este artículo, pues, se confronta la comprensión que cada autor tiene de los conceptos centrales de la Teoría del Estado («derecho», «Estado» y «política») para ofrecer finalmente una panorámica de las confluencias y distancias entre ambos, y tratar de iluminar con ello algunos debates actuales en filosofía política acerca del republicanismo.

Immanuel Kant

Derecho y política

El concepto de derecho de Kant es determinado a partir de sucesivas distinciones. En primer lugar, la distinción crítico-ontológica entre naturaleza y libertad: el ámbito de lo que «es» y el ámbito de lo que «debería ser»; que tienen como resultado, tal y como se dispone en la «Arquitectónica de la razón pura», la metafísica de la naturaleza y la de las costumbres, en las que se lleva a cabo una ontología regional de sendos objetos. En esta segunda se ubicará el Derecho, a partir de una distinción derecho—ética, que distingue entre las acciones de un sujeto consideradas externamente, realizadas por cualesquiera motivaciones, y estas consideradas internamente, según los fundamentos de determinación de su voluntad en la interioridad del sujeto.

Dentro del derecho, hay dos distinciones más. Una tercera: derecho como teoría y como praxis. Dentro del uso práctico de la razón hay teoría o «una práctica en sentido objetivo, un conjunto de leyes incondicionalmente obligatorias según las que debemos actuar» (aquí, «moral») y una praxis, la aplicación o la puesta en ejercicio de esas leyes generales. Y esto, en ambas partes, en la ética y en el derecho: hay una teoría del derecho («doctrina del derecho») y una praxis del derecho («política»). Esta es la definición kantiana de Política: «teoría del derecho aplicada [ausübende, en ejercicio (N. de la A.)]». Se la incluye así, contra los pragmáticos y los realistas, en el eje de la libertad y no en el de la ingeniería social o gestión de las conductas al modo de objetos naturales, por lo que no puede encontrarse en contradicción con la moral como teoría del uso práctico de la razón: es su aplicación en casos particulares. De aquí que Schmitt diga que Kant subordina la política a una «norma ética».

El concepto de derecho de Kant es determinado, en primer lugar, por la distinción crítico-ontológica entre naturaleza y libertad: el ámbito de lo que «es» y el ámbito de lo que «debería ser»

Una cuarta: derecho natural y derecho positivo. Derecho positivo es una legislación externa realmente existente, incluyendo la promulgación del legislador y su aplicación en concreto en los tribunales. Si prescindimos de ambas, aún queda «la ciencia del derecho (Iuris scienctia)», o el conocimiento sistemático del derecho natural (Ius naturae), que contiene «los principios inmutables para toda legislación positiva». El derecho natural es la forma-derecho como tal, la normatividad jurídica en sí, anterior y fundamento de toda legislación empíricamente existente. Pero ¿significa aquí «natural» que es posible encontrar en la naturaleza una inscripción de tipo normativo? ¿Cómo sería posible, si la crítica ha abierto una brecha irrebasable entre la naturaleza y la libertad? Lo que hace Kant es mantener la distinción, pero desplazándola: mantiene la posibilidad de distinguir entre lo que verdaderamente es una ley y lo que no lo es: «… el criterio general para sin más reconocer tanto lo justo como lo injusto (iustum et iniustum)». «Natural» nombra solamente aquello que el derecho es, lo que permite que llamemos derecho a algo. En el lenguaje de la tradición: es el eidos-derecho, la forma-derecho. Y, ¿en qué consiste esa forma-derecho? Concierne a acciones externas, que transcurren en el espacio; se refiere a sujetos situados en un espacio de modo tal que sus acciones repercuten en las de los otros, sujetos que comparten un mundo limitado, que tienen un cuerpo, que ocupan tiempo y espacio, y que por ello ejercen entre sí una acción recíproca («comunidad», que luego especificaremos); se relacionan arbitrios o voluntades entre sí, no deseos; no importa el fin que cada uno busque, solamente si se expresa un arbitrio que repercuta en otro; y solo se pregunta por la forma de la relación externa entre arbitrios, a saber, si es libre y si esa libertad puede unirse con la de los demás. Así, la definición de derecho: «El derecho es el conjunto de condiciones bajo las cuales el arbitrio de uno puede conciliarse con el arbitrio del otro según una ley universal de la libertad».

Se requiere un paso más. Hay alguna instancia requerida para la efectividad del derecho: decíamos, el juez no es el político. Hace falta, en definitiva, una instancia política, pública: hay que pensar el derecho natural de tal modo que posea efectividad, existencia, eficacia, capacidad de introducir modificaciones en lo que hay, en definitiva, «fuerza de ley». La tesis de Kant será que eso solo es posible bajo un Estado, esto es, un poder civil. Se está hablando de una quinta distinción: derecho privado—público. Derecho privado, lo que hoy llamamos derecho civil, concierne a la adquisición o posesión de objetos externos (cosas, personas o personas en el modo de cosas). El derecho público o político es «el conjunto de leyes que precisan ser universalmente promulgadas para producir un estado jurídico». La relación entre ellos es peculiar.

El derecho privado rige ya por entero en el estado de naturaleza, luego el estado civil, en rigor, no funda derecho alguno, si bien solo como «presunción jurídica». Y es que, en estado de naturaleza, el derecho se halla en estado provisional, siempre amenazado, porque nadie tiene la obligación de abstenerse de interferir en la propiedad de otro si no tiene la seguridad de que este se abstendrá de hacer lo mismo; hay que considerar, además, la predisposición de los hombres a ser dueños de los demás, que uno puede observar en su propio interior. No habría, además, juez competente para decidir en caso de conflicto, ni poder que asegurase ese derecho.

Por lo tanto, si se quiere poner al derecho en estado perentorio, es decir, lograr la efectividad del derecho, se impone el «postulado del derecho público», el deber de pasar del estado de coexistencia inevitable a un Estado de justicia distributiva. Pero este postulado no se exige únicamente en razón del hecho de una naturaleza humana malvada o avariciosa. Kant dice en las Reflexionen zur Rechtsphilosophie: «No es la experiencia quien nos ha enseñado la máxima de la violencia y la maldad humanas de hacerse mutuamente la guerra antes de que aparezca una legislación exterior poderosa; por tanto, no es un factum el que hace necesaria la coacción legal pública […]». Con ello parece apuntarse a otra cosa que a alguna naturaleza humana fáctica, y en esta dirección van algunas otras reflexiones de Kant, donde queda claro que el argumento para la salida no es un factum, sino un mandato: «Se contempla aquí el derecho en el estado de naturaleza, y no el factum. Se prueba que no es arbitraria [willkürlich] la salida del estado de naturaleza, sino necesaria según las reglas del derecho». El argumento de Kant, al contrario que el de Hobbes, Locke o Rousseau, no es utilitarista. Se extrae de las leyes formales de la razón pura práctica. En la formulación de Kersting: «El derecho no es un instrumento, su legitimidad no reside en su utilidad. No se decreta que el derecho debe imperar por mor de sus efectos positivos. El derecho es un fin en sí mismo, debe existir por mor de sí mismo […]. Un concepto utilitarista del derecho es una contradicción en los términos».

¿Qué significa entonces entrar en un Estado civil? Asegurar las relaciones jurídicas que ya existen provisionalmente al situarlas bajo leyes públicas. Hay que precisar ahora los elementos que componen dicho Estado: «El Estado sometido a una legislación exterior universal (es decir, pública), acompañada de poder, es el Estado civil». Estado civil es, por tanto, ley más poder.

En estado de naturaleza, el derecho se halla en estado provisional, siempre amenazado, porque nadie tiene la obligación de abstenerse de interferir en la propiedad de otro si no tiene la seguridad de que este se abstendrá de hacer lo mismo

Estado

La definición de Estado de Kant es la siguiente: «Un Estado (civitas) es la unión de un conjunto de hombres bajo leyes de derecho (Rechtgesetzen)». El vínculo ley-derecho es tan evidente para Kant que solo como de pasada aclara en otro lugar que «ocurre que todo derecho depende de leyes». De ahí la siguiente afirmación: «Esta es la única constitución política estable, en la que la ley ordena por sí misma y no depende de ninguna persona». En suma, y esto será crucial para Schmitt, el componente «Estado» no consiste para Kant más que en el «derecho», siendo derecho «ley» o norma.

Kant señala que la presencia de poder coactivo, la libertad y la ley son las condiciones de cualquier constitución política en general. Sin un poder que la haga efectiva, la ley sería papel mojado. Se habla aquí de la existencia del derecho, de su eficacia. En este vínculo indisociable libertad-poder, que encuentra su fijación en el concepto de ley, late el planteamiento de Rousseau.

Pero aquí hay que precisar. En primer lugar, y esto está dicho contra Hobbes, ciertamente el derecho requiere poder y violencia para su ejercicio, pero eso no significa que su fundamento sea un acto de soberanía originario y violento. Dice en las Reflexionen: «Según esto, no existe derecho sin un poder coactivo irresistible. Pero existen por cierto razones del derecho y de las leyes antes de que este poder coactivo se erija, y sobre ellas deben fundamentarse también las leyes». En segundo lugar, y aquí resuena de nuevo Rousseau, no cualquier poder, cualquier violencia fáctica, de las que abundan en el estado de naturaleza, es conforme a derecho: «El poder legislador solo puede corresponder a la voluntad unida del pueblo. Porque, ya que de él debe proceder todo derecho, no ha de poder actuar injustamente con nadie mediante su ley». Aparece inmediatamente el problema de cómo lograr una voluntad realmente general: evidentemente, no bastará con juntar muchas voluntades privadas, ya que por el hecho de enfrentarse unas a otras no dejarán de ser estrictamente privadas. Habrán de ser eliminados todos los motivos de privatización, pues la formación de la voluntad se va a plasmar en condiciones muy reales: «es necesaria una votación». Aquí no basta, como en las matemáticas o en la filosofía more geometrico, con recurrir a la experiencia interna. ¿Cómo lograr la garantía de que se vota no en interés propio o de otro del que se depende, sino en nombre de la voluntad general? A esto responde la exigencia de Kant de que solo tengan derecho a voto los propietarios, los sui iuri que no dependen de otro.

Para terminar, puede añadirse que a este Estado de poder, ley y libertad le llama Kant también «república», con lo que no quiere referirse a una forma peculiar de Estado entre otras, sino a la forma-Estado como tal, aquello en que consiste cualquier Estado en general. Por eso dice Kant que la constitución republicana, «en lo que concierne al derecho, es la base de toda constitución civil». Como se trata aquí de si se da la forma-Estado o no, ser republicana o no es la única opción que atañe a una república, y el despotismo, la anarquía o la barbarie no son sino distintos modos de no acertar en el blanco del equilibrio poder-ley-libertad en que ser una república consiste. Que se trata de esto, y no de delimitar un tipo particular de Estado, lo señala Kant al diferenciar entre una clasificación de los Estados según las personas que detentan el poder (forma imperii: monarquía, aristocracia y democracia) y según el «modo de gobierno» (forma regimini), es decir, el uso que se hace de tal gobierno: aquí, se es republicano o no, esto es, despótico.

El vínculo ley-derecho es tan evidente para Kant que solo como de pasada aclara en otro lugar que «ocurre que todo derecho depende de leyes». De ahí la siguiente afirmación: «Esta es la única constitución política estable, en la que la ley ordena por sí misma y no depende de ninguna persona»

Carl Schmitt

Derecho

El pensamiento de Schmitt sobre el derecho puede introducirse a partir del siguiente texto de Teología política: «Acaso existen dos tipos de cientificidad jurídica que se pueden definir por la mayor o menor conciencia científica de la peculiaridad normativa de la decisión jurídica. El representante clásico del tipo decisionista —si se me permite emplear esta palabra— es Hobbes». Durante los años 20, y ya prefigurado en La Dictadura (1921), Schmitt adopta un esquema binario que divide el pensamiento jurídico en «normativismo» y «decisionismo». Kervégan surgiere que la crítica al positivismo, y sobre todo al normativismo, brinda el mejor acceso al núcleo teórico original del pensamiento de Schmitt sobre el derecho en esos años.

El positivismo es aquella teoría que, pretendiendo prescindir de presupuestos éticos o metafísicos, acredita una equivalencia entre derecho y ley positiva. Haciendo así de la «voluntad legalmente expresada del legislador legalmente competente» la fuente del derecho, y por tanto de la legalidad la única forma de legitimidad, el positivismo sustenta la forma política de un «Estado de derecho», que es siempre un «Estado legislador». Pues bien, Schmitt señala que el positivismo no es un «tipo jurídico originario», sino una combinación confusa, un «decisionismo degenerado» y un «normativismo degenerado»: aunque reconoce la voluntad del legislador como fuente de derecho, otorga a la ley positiva, una vez promulgada, una validez normativa que la convierte en norma autosuficiente, aun siendo meramente fáctica.

La polémica con el «neokantiano» Kelsen contiene los argumentos de Schmitt contra el normativismo. Schmitt reprocha a Kelsen que, como normativista, disocia los dos componentes esenciales de todo hecho jurídico, la norma y la decisión, y elimina o reduce el segundo en favor del primero, considerándolo como poluciones «sociopolíticas» del derecho puro. El normativismo es incapaz de fundar el vínculo entre la racionalidad jurídica de un conjunto de reglas y la efectividad de una decisión política cuya existencia exige. Por eso afirma: «Kelsen resuelve el problema del concepto de soberanía negando el concepto mismo».

Eso supone una doble exclusión o insuficiencia. Primero, se excluye la decisión del campo jurídico, siendo así que, sin ella, una norma jurídica, en tanto normatividad, no puede producir por sí misma las condiciones de su efectuación o facticidad. Segundo, se declara a la excepción no jurídica, siendo así que el caso absolutamente excepcional o «no fácticamente circunscrito», al suspender la vigencia de toda norma y plantearse crudamente la cuestión de «¿quién decide ahora?», posee el valor diacrítico de revelar a la decisión como el componente fundador del derecho, en situación normal velado por el orden normativo vigente.

El decisionismo de Schmitt es definido así por Kervégan: «Subordina la normatividad, que es la propiedad manifiesta de la regla del derecho, a las condiciones efectivas de su instauración, a las ‘decisiones’ fundadoras del orden jurídico». El orden jurídico no puede autofundarse, como pretendía Kelsen, sino que requiere ser instituido por una decisión: la autoridad prueba que, para emplear el derecho, no tiene necesidad de derecho. El carácter plenamente jurídico de la decisión lo ilustra Schmitt con dos ejemplos: la teoría del poder constituyente de Sieyès, donde la voluntad soberana del pueblo constituye derecho, y el mencionado del estado de excepción. En Teoría de la Constitución (1928), además de señalar que las tendencias opuestas del normativismo y el decisionismo se reflejan en sendos componentes en las Constituciones modernas, aporta un fundamento filosófico-metafísico a dicha oposición: la distinción entre razón, como fuente de un deber-ser abstracto, y la voluntad, como «potencia definida por su ser», dada existencialmente en concreto.

«Acaso existen dos tipos de cientificidad jurídica que se pueden definir por la mayor o menor conciencia científica de la peculiaridad normativa de la decisión jurídica. El representante clásico del tipo decisionista —si se me permite emplear esta palabra— es Hobbes». Schmitt en Teología política

Ahora bien, este esquema dual es modificado sustancialmente en 1933 y sustituido por una clasificación ternaria, como figura en Sobre los tres modos de pensar la ciencia jurídica (1934) o en la «Advertencia a la segunda edición» de Teología política (1933), donde a los dos previos añade el institucionalismo o «pensamiento concreto del orden». Motivos para esta modificación serían su adhesión al nacionalsocialismo, que pretendía establecerse como orden concreto estable, así como la teoría de Schmitt (1931) de la transformación de los derechos humanos subjetivos en garantías institucionales.

En cuanto a la relación con los otros dos modos de pensamiento jurídico, la diferencia entre institucionalismo y normativismo consiste en considerar la norma o bien como producto que sanciona y depende de un orden concreto de cosas previamente ya dado como kósmos, o bien como una regla absoluta, impersonal, independiente en su validez de quien la dicta y del contexto político e institucional. Respecto al decisionismo, hay que decir que desde 1934 Schmitt modifica su comprensión: pasa a entender la decisión como «comienzo absoluto», una «nada de norma» creación de un derecho sin antecedentes, solo operante, en rigor, en una situación revolucionaria que aniquile absolutamente todo orden previo, y ya no tanto, como en los años 20, como secreto fundamento del orden jurídico ya constituido que virtualmente socava sus cimientos. Sin embargo, el motivo del institucionalismo sobrevive a su motivación política y no desaparece en 1945, no volviendo Schmitt nunca a un decisionismo puro, si bien tampoco llega a prevalecer el institucionalismo. A partir de los años 50, Schmitt se abstiene de jerarquizar ambos modos de pensar el derecho.

Kervégan concluye que «[…] contra la opinión por lo corriente admitida, lo que caracteriza el enfoque de Schmitt sobre el derecho no es tanto el decisionismo propiamente dicho cuanto la hostilidad ante cualquier forma de pensamiento normativo».

Estado y política

Schmitt hace jugar su propia noción de Estado en contraste con dos realidades históricas: el Estado de derecho «burgués» y el Estado total. El Estado de derecho es criticado en Teoría de la Constitución (1928). Este se define, en primer lugar, mediante criterios jurídicos: legalidad (toda medida adoptada por el Estado debe apoyarse en una norma legal), constitucionalidad (los poderes del Estado se ven limitados por un sistema cerrado de normas) e independencia de la magistratura (permite el control a posteriori de los actos estatales y el recurso de los individuos contra el Estado). En segundo lugar, mediante dos principios propios o «rechtstaatlich»: principio de distribución de la esfera pública-política y privada mediante la proclamación de derechos fundamentales del individuo, y principio de organización o división de poderes. En tercer lugar, una idea regulativa: la proclamación de derechos fundamentales e inalienables de los individuos prepolíticos, que constituyen la esfera privada no política de la sociedad civil, que ha de ser preservada libre de obstáculos por la instancia política. Esta esfera es pues concebida como una esfera por principio limitada a favorecer la realización de los derechos potencialmente ilimitados de libertad y propiedad del individuo. Finalmente, una herramienta conceptual específica: la ley como normal general. Frente a un concepto político de ley como «una voluntad concreta, una orden y un acto de soberanía», que manifiesta «el lugar real de poder» (sic volo, sic iubeo), el concepto normativista toma la ley como una norma, caracterizada por su generalidad, impersonalidad e indefinición, concerniente a un objeto general (el bien común) y emanando de una autoridad universal (voluntad general).

En Teoría de la Constitución, además de señalar que las tendencias opuestas del normativismo y el decisionismo se reflejan en sendos componentes en las Constituciones modernas, Schmitt aporta un fundamento filosófico-metafísico a dicha oposición: la distinción entre razón, como fuente de un deber-ser abstracto, y la voluntad, como «potencia definida por su ser», dada existencialmente en concreto

La crítica de Schmitt a este modelo de Estado consiste en mostrar «su incapacidad para dar cuenta de ninguna configuración política efectiva y, por tanto, para fundar jurídicamente un Estado […] sus principios son insuficientes para instaurar, es decir, para constituir un Estado efectivo». Y ello porque todo Estado es, en su ser mismo, una unidad viva, una institución que actúa, una potencia dinámica: requiere una componente, que el Estado de derecho deja de lado y no incluye entre sus fundamentos, propiamente política, esto es, referida a la soberanía, a quién detenta el poder, lo que Kant llamaba forma imperii; componente para Schmitt constituida, en sus distintas formas, a partir de las interacciones diversas de dos principios: identidad del pueblo consigo mismo como unidad política y representación por la que la unidad política es encarnada en un gobierno. Los principios del Estado de derecho, basados en una idea individualista y liberal de la libertad, no fundan esta realidad política, sino que la presuponen y, lo cual no es nada casual, tan solo pretenden limitarla para la salvaguarda de la esfera de individualidad privada que se representan como su otro: «la tendencia propia del Estado de derecho burgués apunta, no obstante, a reprimir lo político […]». Así, aunque incapaz de constituir un Estado efectivo, los principios rechtstaatlich poseen una profunda significación política, a saber, la negación misma de lo político y la reducción del mismo a la salvaguarda de una esfera pre- y apolítica de intereses sociales privados.

Como consecuencia de esta esterilidad constitutiva de los fundamentos del Estado de derecho, Schmitt afirma en Legalidad y legitimidad (1932) que los sistemas legisladores-parlamentarios, que pretendían ser su plasmación histórica, acaban por volverlos caducos y por transformarse en realidades totalmente ajenas. La pretensión parlamentaria de reducir la legitimidad del Estado a un sistema formal de legalidad more positivista produce necesariamente una crisis de legitimidad, pues esta requiere siempre «una voluntad política, que se desarrolla como voluntad soberana» y que es capaz de instituir políticamente un Estado, sea de un monarca, sea una voluntad popular, que es justamente lo que excluye la idea de un Estado basado en la pura legalidad (de aquí el alegato de Schmitt a favor de reconocer la legitimidad plebiscitaria como fundamento del Estado en Weimar). Esta crisis se manifiesta socavando los principios mismos del funcionamiento normal de un Estado legislador.

Kervégan señala el doble resultado de esta crítica schmittiana al Estado de derecho: por un lado, los principios liberales, que pretenden restringir la esfera política y el Estado, son incapaces de fundarlo jurídicamente: «no hay derecho sin política». Por otro, la forma contemporánea del Estado de derecho, el parlamentarismo, sufre un déficit estructural de legitimidad que evidencia la caducidad del Estado clásico: «lo político desborda lo estatal». Pero la inoperancia de estos principios rechtstaatlich no es un asunto menor, una mera obsolescencia, no produce simplemente un vacío en la historia: ha dado lugar a una forma política enteramente nueva, el Estado total, como forma de expansión de lo político que resulta de la delicuescencia del Estado liberal clásico.

¿Qué es el Estado total? De entrada, un Estado cuyo poder ha sido incrementado extraordinariamente en la era de la técnica, lo cual se manifiesta tanto en su potencia militar como en su aparato de propaganda de masas. Pero, ante todo, el resultado de una interpenetración entre la esfera apolítica de la sociedad y la política del Estado, cuya diferenciación era propia de pensamiento liberal del siglo XIX; la sociedad civil, presuntamente poblada por individuos que contratan libremente, se revela obedeciendo a la lógica política de la lucha de clases, y el Estado interviene en la producción de bienes y la gestión de las poblaciones. El Estado total supone, simultáneamente, la intensificación de su potencia y la extensión de su alcance: «En este Estado total, todo es político, al menos en potencia».

«Estado total», por lo demás, mienta en verdad para Schmitt dos realidades distintas. El Estado total «por debilidad» o «cuantitativamente total», por ejemplo el de 1919, es aquel puesto al servicio de intereses económicos, reducido a gestor contingente de las relaciones entre grupos sociales, en detrimento de su universalidad y soberanía indivisible. El «Estado total por la fuerza» o «cualitativamente total», en cambio, tiene como modelo al Estado fascista italiano. Es, por así decirlo, una respuesta a la debilidad del Estado «cuantitativamente total» que intenta resolver, por la fuerza, las luchas intestinas de lo social. Se caracteriza por su rechazo de los métodos y estructuras políticas liberales, por una afirmación consciente de sus medios de poder, y ante todo por ser la manifestación transparente, derrotadas las neutralizaciones tradicionales, por primera vez conforme a su concepto, de la esencia de lo político, que trataremos enseguida: «semejante Estado sabe distinguir amigo y enemigo […]; desde hace tiempo, los teóricos del Estado saben que lo político es lo total». Para Schmitt, el Estado total resulta de un proceso democrático de identificación entre el Estado y el pueblo: es para él antiliberal, pero no antidemocrático, pues quedan incólumes las tendencias democráticas presentes en la expresión del «espíritu del pueblo», la aclamación del Führer, el modelo plebiscitario, etc. Kervégan añade a esto que el análisis del Estado total de Schmitt actuaría como «bisagra entre un análisis jurídico positivo de las transformaciones contemporáneas del Estado y una metafísica de la historia, negada como tal y disfrazada», ya que se considera el Estado total como realización de la técnica que consuma las sucesivas etapas históricas dominadas por sectores objetivos (teología, metafísica, moral, economía).

Vista la crítica de Schmitt al Estado de derecho parlamentario y su «destino» histórico como Estado total, cabe apuntar ya la comprensión propia de Schmitt del concepto de Estado. Hay que señalar, ante todo, que hay una ambivalencia en el uso por Schmitt del término «Estado» según el momento de su evolución teórica. Schmitt lo utiliza a veces para referirse a la configuración liberal y burocrática de los principios del Estado de derecho que hemos denominado «parlamentarismo». En ese sentido, ya desde los años 20 señala la caducidad de ese modelo, por su incapacidad para fundar una forma política efectiva, y apuesta, en los últimos resquicios de la legalidad, por una dictadura constitucional del presidente de la República. Desde el año 33, por el contrario, se desecha toda forma posible de Estado moderno como irremediablemente tomada por lo social y se afirma que la «forma efectiva» que pacificará la guerra civil de lo social será el Estado nacional-socialista, concibiendo que la unidad política se encuentra ahora en la tríada Pueblo-Movimiento-Estado, siendo el Movimiento el principio dinámico y lugar por excelencia de lo político: «Hoy, el Estado [legal] ya no puede determinar lo político; lo político [el Movimiento] debe determinar al Estado».

Schmitt afirma en Legalidad y legitimidad que los sistemas legisladores-parlamentarios, que pretendían ser su plasmación histórica, acaban por volverlos caducos y por transformarse en realidades totalmente ajenas

Pero Schmitt utiliza el término «Estado» en otro sentido, más abstracto: «Unidad política organizada, que decide por sí misma como un todo sobre amigo y enemigo». En este sentido, designa la mera existencia de una comunidad en unidad política, en formas muy variables, y, afirma Kervégan, no es caduco, sino una realidad insuperable para las comunidades humanas, que siempre formará unidades tales que puedan afrontar la eventualidad de la guerra. Sin embargo, también señala que hay textos, como el «Prólogo» del 63 a El concepto de político, donde parece que Schmitt habla de una superación definitiva «no solo de la forma europea clásica, sino del Estado en cuanto tal», Estado nacional-socialista incluido.

Este segundo es el concepto de Estado genuino de Schmitt, el que entronca directamente con su concepción idiosincrásica de lo político. En El concepto de lo político (1932), Schmitt da la definición de Estado: «status político de un pueblo organizado dentro de fronteras territoriales». Pero esta definición es ininteligible si no se aclara el término «político» que cualifica a «status» y que lo diferencia de todas las otras formas de unidad de las que un pueblo es capaz (cultural, racial…). Hay que ver, por tanto, el concepto de Schmitt de «política», para luego completar su definición de Estado.

Schmitt comenzaría por hablar de «lo político» más que de «la política» como un contenido esencial, un qué que pueda determinarse, o un dominio específico de objetos: para reconocer lo político, Schmitt no aporta una «definición esencial», sino un «criterio conceptual» que mienta una determinada distinción o relación, de modo que siempre que dicha distinción esté presente podemos hablar de que existe «lo político». Dicha distinción es la de amigo-enemigo. Se afirma así una «comunidad de esencia entre guerra y política», donde la guerra es, como posibilidad siempre real en el límite, el presupuesto u horizonte de sentido de lo político. Al contrario de la interpretación tradicional de la frase de Clausewitz, guerra y política se presuponen mutuamente: la guerra presupone a la política, en el sentido de que un enfrentamiento abierto presupone y se deriva de la relación de enemistad entre sus miembros, pero la política presupone a la guerra, ya que es la eventualidad en la que se expresa del modo más claro la relación que constituye su esencia: la guerra cumple aquí el mismo papel diacrítico, iluminador, que la excepción respecto al estado normal del derecho.

Este criterio conceptual, dice Kervégan, supone dos enfoques: uno tópico, según el cual lo político se da allí donde ocurra la confrontación amigo-enemigo, y, dado que en cualquier sector de la actividad humana puede darse el conflicto, cualquier sector humano es potencialmente político; y un enfoque dinámico, según el cual lo político es la medida de la proximidad de un enfrentamiento, la posibilidad de que se dé un grado determinado de intensidad en la asociación, «tan pronto como los conflictos y cuestiones decisivas se producen en dicho sector». El terreno de lo político o «sector dominante» es, entonces, aquel sector en que la eventualidad de un enfrentamiento sea más probable. Este criterio, en su indeterminación, presupone la tesis implícita de que la dimensión conflictiva se halla en la naturaleza humana; por tanto, un presupuesto filosófico-antropológico: «todas las teorías políticas verdaderas postulan un hombre ‘malvado’».

Desde aquí se precisa el concepto schmittiano de Estado. Al Estado, en su condición de unidad esencialmente política, le es atributo privilegiado el ius belli, esto es, el derecho a declarar la guerra: determinar cuándo es el caso de que haya guerra, y, en tal caso, decidir quién es el enemigo. La guerra se le declara siempre a otro Estado: por la definición de lo político hay una pluralidad («pluriversum») de Estados, y la eliminación de esta pluralidad supondría la eliminación de lo político mismo. La política exterior o las relaciones entre estados como enemigos son, por lo tanto, el modelo de lo político, mientras que hacia dentro lo que existe es, más que política y pluralidad, policía que asegura la unidad, siendo los disidentes no enemigos, sino criminales. En este contexto apela Schmitt a una «ética del Estado», cuyo rechazo supondría una «ética de la guerra civil» o descomposición de la unidad interna. El modelo privilegiado de este concepto de Estado es el Estado absolutista europeo, y todas sus propiedades (soberanía, representación, resolución pacífica de diferencias internas) derivan lógicamente de la esencia de lo político. Es el llamado por Schmitt Ius Publicum Europaeum. Este Estado ha tenido, históricamente (hasta el siglo XIX), el monopolio de lo político, de ahí la confusión habitual de identificar lo político con lo estatal. Pero, como hemos visto, el devenir histórico del Estado ha mostrado el desbordamiento de lo político.

Kant y Schmitt: el debate

La crítica

Schmitt se opone a la teoría del Estado de Kant en la medida en que esta entronca con la tradición liberal: encuentra en ella, como «Constitución liberal, y liberal en el sentido de la libertad burguesa, […] la más clara, definitiva expresión de estas representaciones principales de la Ilustración burguesa, hasta ahora no sustituidas por ninguna nueva fundamentación ideal». ¿Cómo entiende Schmitt el liberalismo? Para él, el liberalismo supone una política y una ética. La política liberal no existe: «nunca hay más que una crítica liberal de la política», una denegación de lo político, una neutralización de la política en favor de la ética y la economía. Ahora bien, en la medida en que el liberalismo designa con ello a un enemigo (lo político bajo su forma moderna, el Estado), podemos hablar del liberalismo como crítica política de la política, no privada de eficacia bajo las condiciones, óptimas para ella, de una economía de mercado. Este rechazo de la política va paralelo a la ética liberal, consistente en un sistema que postula al individuo, su propiedad y su libertad personal como fundamento absoluto: el liberalismo traduce una orientación, dice Schmitt, «hacia una moral individualista y, por lo tanto, de derecho privado». Más concretamente, se trata de un individualismo optimista que desprecia la política y el Estado en nombre de un ser humano bueno por naturaleza y una organización social natural, rasgo este que comparte con los anarquistas y los socialistas utópicos. Pero el pensamiento liberal es una ética, además, en su «principio general»: sea en el campo de la discusión o en el de la economía, la competición libre entre individuos acabará produciendo el fin buscado. Schmitt designa este carácter ético fundamental del liberalismo como «ética de la discusión», presentando su propio pensamiento de «una decisión a favor de lo político» como el negativo de aquel: «[…] la esperanza de que el enfrentamiento decisivo, el combate cruento de la decisión pueda transformarse en un debate parlamentario y se deje suspender eternamente por medio de una discusión eterna». El parlamentarismo (publicidad, equilibrio de poderes) es un derivado de este principio liberal general.

Aquí, el adversario al que señala Schmitt como representante del parlamentarismo liberal es Kelsen y, con él, toda la tradición kantiana. Schmitt desprecia especialmente el positivismo, al que considera una degeneración acobardada del normativismo. La idea de derechos humanos es otro de los blancos de sus críticas. Pero, además de esto, afirma Kervégan, habría que considerar al liberalismo como «un sistema metafísico, global y consecuente», y al decisionismo como «anti-tipo del pensamiento liberal», así él mismo también sustentado por una metafísica. El contenido de la metafísica liberal sería algo así como una indecisión (Unentschlossenheit) fundamental, «respecto de la cual la ética de la discusión y la publicidad es a la vez efecto y máscara», indecisión que Schmitt ve prolongada en la ética, la religión, el derecho y la política de su época. Schmitt opondría a esto una posición metafísica basada en «la radicalidad de una decisión que ninguna cadena de razones, por larga que fuese, podría fundar, ni por lo demás recusar», aplicado esto a todos los dominios del existir: «en todas partes, el hecho de la decisión importa más que su contenido».

Relacionado con esto, por supuesto, está la cuestión de cómo se piense la comunidad política. Schmitt critica al liberalismo por ser incapaz de pensar un cuerpo político más allá del contrato entre individuos de la sociedad civil. ¿Cómo queda esto en Kant? Se ha señalado que Kant elige, entre los dos sentidos posibles de comunidad, el de communio y el commercium, el segundo, el decir, el referido no a una comunidad sustancial que se sobrepone al individuo, sino a una interacción recíproca [Wechselwikung] entre individuos que son ellos mismos sustanciales. Está claro que esta visión corresponde a la anatomía de la sociedad civil moderna, a la vez liberal-democrática y de mercado.

¿Cómo entiende Schmitt el liberalismo? Para él, el liberalismo supone una política y una ética. La política liberal no existe: «nunca hay más que una crítica liberal de la política», una denegación de lo político, una neutralización de la política en favor de la ética y la economía

La asunción

Sin embargo, Schmitt asume algunos planteamientos de Kant. El texto donde mayor presencia explícita tiene Kant, publicado precisamente en Kant Studien, es Ética de Estado y Estado puralista, de 1930. En estos últimos años de la República de Weimar, Schmitt está especialmente preocupado por la situación de crisis de la institución del Estado tal y como se ha conocido en los últimos siglos de la historia europea. En su diagnóstico, la esterilidad constitutiva del Estado de derecho, empeñado en reducir la legitimidad del Estado a un sistema formal de legalidad more positivista, ha hecho fracasar los sistemas legisladores-parlamentarios, que han sucumbido al imperio del pluralismo, la policracia y el federalismo. Es un «estado social» gestor de intereses económicos, en antinomia irresoluble de lucha de clases, que interviene todos los dominios; un «régimen de partidos» que pretenden, cada uno, realizar la totalidad en sí mismo y superar el Parlamento; es, finalmente, un «estado administrativo» que transforma los medios de acción del Estado en formas burocráticas. Se anula así la distinción liberal entre el Estado y la sociedad civil: están interpenetrados. Todo esto significa que el Estado ya no es el lugar desde el que se dirime lo político, es decir: las agrupaciones centrales amigo-enemigo. Lo que vimos que Schmitt llama Estado total «por debilidad» o «cuantitativamente total», en este texto lo denomina «Estado pluralista»; ya que el Estado, en teóricos como Cole o Laski, que recogen esta situación, sería una asociación más entre otras.

El resultado es el colapso del Estado: «Cuando el ‘dios terrenal’ —el Leviatán— cae de su trono y el reino de la razón objetiva y la eticidad se vuelve un ‘magnum latrocinium’ [banda de ladrones], entonces los partidos sacrifican al poderoso Leviatán y cada uno se apropia de un trozo de carne del cuerpo que han despedazado». Y esto, continúa Schmitt, afecta también a la ética de Estado de Kant, puesto que, pese a que subordine al Estado a una norma ética, hasta ahora ha partido siempre de un presupuesto:

«[…] que el Estado es una instancia suprema y el juez que da la pauta sobre lo tuyo y lo mío exterior, mediante el cual el estado de naturaleza, que es meramente normativo y por ello carece de juez —un status justitia (más exactamente judice) vacuus, en el que cada uno es juez de sus propios asuntos—, queda superado. Sin la representación del Estado como una unidad y magnitud supremas, todos los resultados prácticos de la ética de Estado kantiana resultan inválidos y contradictorios. Esto vale del modo más claro para la doctrina del derecho a la resistencia. Pese a toda relativización del Estado mediante el derecho racional, Kant rechazó un derecho a la resistencia contra el Estado directamente a partir de la idea de la unidad del Estado».

Es decir, si bien en algunos textos subraya la vertiente liberal-individualista en la noción de Rechtstaat kantiana, Schmitt también reconoce a Kant, en tanto que mantiene la idea de soberanía del Estado, como —pese a todo— un representante de la teoría clásica del Estado. Todos los filósofos del Estado, dice Schmitt, desde Platón a Hegel, incluso con los matices de Aristóteles, han asumido la unidad del Estado como el valor supremo, sin menoscabo de la complejidad social: «La unidad del Estado siempre ha sido una unidad a partir de multiplicidades sociales»: el soberano absoluto respetaba a la Iglesia y a la familia, y hay unidad desde arriba, «dar órdenes», o desde abajo, «homogeneidad sustancial de un pueblo».

Un balance del debate

Kervégan recapitula su diagnóstico sobre la preocupación primera y fundamental en las diversas líneas que despliega el pensamiento de Schmitt con una fórmula: «[…] la de recusar el liberalismo en todas sus formas». Él entiende que el liberalismo sería para Schmitt no una doctrina política entre otras, sino «una verdadera figura del pensamiento», y por ello, un foco intelectual de reflexión, cuya crítica no deja de retomar en todas sus obras de los años 20 y 30. Lo que, en conclusión, es claro es que el problema de fondo en todo ello es para Schmitt qué se entiende por «Estado». Si se reduce el Estado a la maquinaria administrativa y burocrática de la forma concreta de los Estados absolutos de los siglos XVIII y XIX, naturalmente que eso no genera lealtad y puede ser contestado desde la ética. «Pero no se trata de la palabra, que tiene su historia y que puede dejar de ser moderna, sino de la cosa, a saber, el problema de la unidad política de un pueblo». Que el fundamento democrático del poder es irrenunciable ya es algo que Schmitt no pone en duda: «no puede haber más reyes que no sean sirvientes del pueblo». Pero lo reinterpreta como poder constituyente de unidades políticas, es decir, inequívocamente soberanas, y traslada el pluralismo hacia fuera, hacia la relación entre Estados: «La pluralidad de Estados, esto es, de unidades políticas de los distintos pueblos, es, según esto, la expresión pura de un pluralismo bien entendido». Aunque pretende que con esto recoge la comprensión moderna del Estado en general, ciertamente se desliza a posiciones más hegelianas que kantianas.

Algunos autores actuales han señalado que puede entenderse que Kant aspira, en una forma de republicanismo crítico, a un sentido de lo público, a la formación de lazos civiles que constituyan una esfera común, por lo que no podría identificarse sin más con el liberalismo, enemigo de toda forma de lo común

En lo que parece tener razón Kervégan es en que esta oposición al liberalismo recoge la diferencia específica del pensamiento de Schmitt: su fundamento absoluto, la raíz común que subyace a su concepción decisionista del derecho, a su crítica política del Estado de derecho y a su pensamiento de la historia como destino de totalización, sería el definirse por oposición a su adversario liberal: «Lo que funda la ‘decisión en favor de lo político’, o al menos la motiva, es una inversión sistemática de los valores y los principios de su adversario liberal». De este modo, Kervégan considera el pensamiento de Schmitt irremediablemente dependiente de las categorías de su adversario y, por lo tanto, carente de un fundamento propio. La lectura por parte de Kérvegan (hecha desde Hegel, ciertamente) de Schmitt le coloca como pensador del «o bien… o bien», presa de un esquema dual de la oposición ineludible, irreconciliable y (por ello), al fin y al cabo, unilateral. Este diagnóstico, de todos modos, podría ser matizado y se podría ver en Schmitt el intento de pensar una cierta «racionalidad positiva», si bien para esta empresa sería condición necesaria la confrontación con Hegel. La relación con Kant, que es lo que se ha abordado en este trabajo, sirve por el contrario para detectar el punto de fractura de Schmitt con la tradición liberal como una de las ramas constituyentes de la Modernidad, pero al mismo tiempo para ilustrar su pretensión de ser continuador de un cierto pensamiento «clásico» del Estado y de la soberanía.

Conclusiones: ¿hacia un nuevo republicanismo?

En los últimos años asistimos a una recuperación del debate sobre el concepto de republicanismo desde múltiples puntos de vista. Un denominador común a muchas de estas perspectivas es indicar el carácter maximalista de algunos planteamientos normativos y unilateralmente racionalistas del republicanismo moderno. La polémica entre Schmitt y Kant sirve para obtener algunas pistas para pensar una visión republicana de lo político como la que se reclama en los debates contemporáneos, que abandone ese maximalismo y sea capaz de pensar el vínculo político con mayor atención a lo concreto.

De este modo, recientemente la filósofa kantiana Onora O’Neill ha argumentado que existe una línea de pensamiento normativista fuertemente ingenuo, que sostiene un concepto de norma que supone sujetos o condiciones que no existen en la práctica. A esta línea sería legítimamente aplicable la crítica de Schmitt. Pero ella aboga, en cambio, por una lectura de Kant que no pierda de vista las condiciones reales, que son condiciones materiales, históricas, institucionales, etc. de implantación del derecho. Solo así podrá lograrse un derecho efectivo en una situación de fronteras nacionales porosas y, además, que no se limite a la expresión de preferencias subjetivas, muchas veces adaptadas a situaciones de privación y opresión: es lo que Elster y Nussbaum denominaron «las preferencias adaptativas». De este modo se lograría mantener un normativismo matizado, que no renuncia incluso a un cierto cosmopolitismo. Es cierto que lecturas como O’Neill solo son posibles tras una fuerte impregnación de corrientes como el feminismo, la teoría crítica, el marxismo o el constructivismo. Pero no solo. Su conclusión, que debemos «abstraer sin idealizar», como ella misma reconoce, debe mucho a la confrontación con pensadores conservadores como Burke, que critican la vacuidad de una visión idealista y descarnada del derecho, y que inspiran asimismo el planteamiento de Schmitt. Así, O’Neill es capaz de esquivar los abismos paralelos del normativismo vacío y del positivismo empirista y legitimador mediante un diálogo con el pensamiento de lo positivo, como es el pensamiento crítico social de la Modernidad tardía, pero también el de pensadores conservadores como Burke o Schmitt. He aquí una línea fructífera para pensar.

Otros autores actuales han señalado asimismo que, pese a lecturas más bien unilaterales como la que realiza Schmitt, puede entenderse que Kant aspira, en una forma de republicanismo crítico, a un sentido de lo público, a la formación de lazos civiles que constituyan una esfera común, por lo que no podría identificarse sin más con el liberalismo, enemigo de toda forma de lo común. Escribe Villacañas: «Su meta no consiste en reforzar la autorreferencialidad de la subjetividad. Al contrario, esta situación dispone a una comprensión pasional de la libertad. La crítica aspira a la configuración de un sentido común, a la configuración de un ser sensible común. Aquí el imperativo ‘sé concreto’ se aplica a la situación dada de una forma especial». En esta noción kantiana de comunidad como commercium, incluso, se recogen ecos de la koinonía aristotélica o se prefigura la Gemeinschaft del joven Marx. Si bien ciertamente la anatomía de la sociedad civil es liberal, construida desde intereses privados en comercio y antagonismo, Kant piensa también en una res publica que apunta al reino de los fines, o res publica noumenon. En efecto, la ausencia total de compromiso cívico con los asuntos comunes daría como lugar un comerciante, no un ciudadano; un lugar donde se negocia, no donde se acuerda, se discute o se gobierna. El mero planteamiento de la existencia de un Estado de derecho en Kant presupone que ha de existir en su base una «comunidad jurídica»: «En efecto, hace falta presuponer un cierto sustrato común para hacer inteligible esta máxima del Juicio, que exige ampliar o ensanchar el propio punto de vista para no restringirlo a condiciones meramente privadas y subjetivas sino, por el contrario, asumir un punto de vista universal, lo cual solo se puede lograr poniéndose en el lugar de los demás».

Sí cabría rescatar, por tanto, una cierta idea de sentido común compartido en los planteamientos de Kant. Desde aquí cabría pensar formas de «republicano plebeyo», como han tratado de desarrollar recientemente autoras como María Julia Bertomeu o Luciana Cadahia. Esto permite explorar una salida alternativa al marco moderno liberal que no conduzca a las conclusiones de la teología política schmittiana.

F+ ¿Por qué Marvel es nuestro enemigo a superar? The Thanos Quest

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Este artículo busca, por una parte, poder ver cómo Marvel, como industria capitalista, opera a nivel mundial subjetivando a millones de personas con una ideología imperial y, por otra parte, analiza radicalmente qué es lo que mienta la historia de héroes, en donde la figura de Thanos es decisiva para comprender nuestro propio y más íntimo deseo inconsciente que nos constituye. Y el marco teórico de este trabajo se centra en la dupla Hegel-Nietzsche a la luz de una lectura actual de sus conceptos clave.

Por Ricardo Espinoza Lolas, Instituto de Filosofía Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Viña del Mar (Chile)

La filosofía hoy, una que se escribe con minúscula, ya no debería tener la pretensión soberbia de dictaminar lo que es eso llamado realidad (nuestra «x» por excelencia, nuestro propio límite, nuestro Centauro que no se deja domar de forma alguna), y menos una realidad humana, y ni qué decir tiene intentar deducir desde la cabeza de un dios, el que sea, ya trascendente a lo Santo Tomás, ya trascendental a lo San Kant, ya ontológico a lo San Heidegger, ya deconstruido a lo San Derrida, etc., un modo de comportarnos los unos con los otros de forma prístina, inmediata, originaria, «en sí»; esto tiene que acabar. ¡Es Inevitable!

NosOtros, en cada barrio de las múltiples ciudades de este «Planetita» (ironía de Thanos al Capitán América en pleno combate entre ambos en Avengers: Endgame), nos vamos dando, en la medida que vamos viviendo, un cierto tejido socio-histórico, un tejido que emerge desde nuestras prácticas cotidianas; y así van aconteciendo distintos modos de construir nuestras ciudades a lo largo de la historia: Babilonia, la Atenas de Pericles, la Ciudad de Dios de San Agustín, la Ciudad Ideal del Renacimiento, la Máquina Capitalista de Londres, el Dispositivo de París, el Enjambre de Tokio, la Gentrificada Sao Paulo, el Anfiteatro de Valparaíso, etc. Todas estas ciudades son «relaciones de medida» y los mitos fundacionales de ciudades cuentan en una imagen esa «relación» (ciudades: griegas, latinas, europeas, orientales, americanas, etc.); esas «relaciones de medida» son modos que nos hemos dado los unos a los otros para organizarnos y así poder ser viables en medio de algún territorio material concreto; somos un «esto» y no «eso» otro; estos son «mis» dioses y estos «no» lo son; así son «nuestras» prácticas, «nuestros» valores, «nuestras» familias; en cambio, «aquellas» prácticas atentan contra «nuestros» principios, contra «nosotros»; estas son «nuestras» tierras y dominios; «aquellos» nos las quieren arrebatar.

Esas «reglas» que vamos construyendo (tejiendo) históricamente junto al otro (un otro cercano que acontece en esa calle, en ese barrio, en esa escuela, en ese quiosco, en esa plaza, en esa lengua, a esa distancia, ante esa mirada y gesto, etc.), se dan en tensión «contra» otros Otros; un modo de vivir siempre «enfrentado» a otro. Y, por ende, cadenas de múltiples modos de nosotros cerrados y abiertos, a la vez, de unos nosotros abiertos entre sí «contra» otros nosotros cerrados «para» nosotros; los ejemplos son varios, o santiaguinos contra sureños, o galeses contra ingleses, o florentinos contra sieneses, o los del norte contra los del sur, o los isleños contra los continentales, o los de arriba contra los de abajo, etc., todo tipo de unos «contra» otros.

Esto nos permite luego ver esa Idea que nos aglutina más allá de las diferencias. Esa Idea normalizadora de todo NosOtros en un simplón y plano «nosotros» esencial, y aparentemente sin-tiempo; y decimos somos: chilenos, británicos, italianos, estadounidenses, europeos, americanos (para seguir con el ejemplo del párrafo anterior). Bueno, hoy acontece la Gran Regla que quiere hegemonizar, una «medida» de todas las medidas, una medida de nosotros que opera «contra» todas las diferentes formas de NosOtros (tejidos socio-históricos); esa «justa» medida «naturalizada» imperante se llama Capitalismo. El Capitalismo se ha vuelto «La» «Medida» que busca mediar todo. Y en efecto así opera, pensamos que esa regla fue siempre así y no la mediatizamos reflexivamente de ninguna manera; a veces decimos que el Capitalismo es natural al hombre, o damos un paso más allá y señalamos que es como una ley física de la naturaleza, sin más. Y, en la actualidad, estamos bajo un Capitalismo en una mutación cualitativa muy tóxica, perversa y voraz: lo que llamo, en mis libros, Capitalismo «hacendal militarizado chapuza». Esto es lo que nos media como «El» Medio.

El Capitalismo se ha vuelto «La» «Medida» que busca mediar todo.

Esa «relación de medida» capitalista, que quiere hegemonizar (lo que a veces llamo «ontologizar»), se deja ver en forma espléndida en la gran industria Marvel de entretención (en especial, en el cómic ya por décadas, pero ahora también con la fuerza millonaria de la industria del cine y con todos sus productos asociados: desde figuritas a Netflix, pasando por todo tipo de juguetes, vestuario, música y una gran cantidad de empresas que viven de esto); nuestro inconsciente que es lo político (Lacan dixit), el inconsciente que es la bisagra dentro-fuera (yo diría, yo-nosotros, esto es, otra forma para entender el NosOtros de modo estructural), es esplendente e ilumina y en ello deja ver por medio de la chapuza del dispositivo Marvel las lógicas que nos constituyen.

Marvel es un agenciamiento (dicho en honor a Deleuze). Y se puede ver y analizar hoy lo que acontece en cada uno de NosOtros mejor que por fenomenólogos «oficiales» de la Escuela de Friburgo; solamente basta estar atentos a ese InconscienteMarvel, y para ello tenemos grandes herramientas como la Teoría Crítica y el Psicoanálisis. Con estos marcos conceptuales encarnados en el tejido socio-histórico (el método dialéctico expresado de modo único por Hegel en su Ciencia de la lógica y que está presente en mil libros y en este artículo) podemos ver cómo operan esas lógicas de lo político en la estructuración misma de cada uno de NosOtros desde lo más íntimo de nuestro inconsciente, esto es, su afuera, dicho más simple, la ciudad que nos constituye. Marvel es, en sí mismo, una gran herramienta de análisis (un laboratorio); es la ciudad en la que vivimos hoy y luego podemos experimentar en ella contra ella misma (así como Truman en el set de TV en The Truman Show, de Peter Weir, de 1988; la película es de 1998). Y podemos usar a Marvel contra Marvel. Y es Marvel mismo que trae su «afuera», su reverso, su límite, su muerte. Esto es Thanos. Lo inevitable de Marvel. El límite mismo de la franquicia de Marvel es la propia salida de ella; su espejo, su monstruo, eso «real» dicho en lacaniano, esa «realidad» dicho en zubiriano, el «asignificante» de Deleuze que no se deja atrapar por la ideología capitalista militarizada.

Para hablar del NosOtros es necesario que demos, entonces, un rodeo introductorio por Marvel, y de eso va este artículo; y me refiero a ese Marvel que se sintetiza finalmente en esos films (MCU, esto es, Marvel Cinematic Universe) durante 11 años (fueron 23 films, entre tres fases de desarrollo, entre el 2008, con Iron Man, y el 2019, con Spider-Man: Far from Home). Estos films manifiestan toda una forma de entender el propio cine, el cómic, el arte, la política, la industria, los millones que los siguen, la ideología que los constituye, los EE. UU., el Planeta en su globalidad, nuestro inconsciente, una nueva «teología» con el adjetivo «capitalista» (ya no negativa, ni política): son una expresión chapuza del «ser en el mundo» de este Planeta, en estos radicales tiempos.

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¡Marvel!… ¡Ciudad Marvel! ¡Planeta Marvel! ¡Inconsciente Marvel!… ¡Marvel acontece!… ¡Vivimos y respiramos Marvel! Nuestra verdad, camino y vida en y por Marvel (parafraseando el Nuevo Evangelio). En todas partes del Planeta está Marvel «marvelficando» la realidad de cada uno de NosOtros en un mero «nosotros» capitalista; o sea, su trabajo es de una fuerza brutal, descomunal y muy importante para el Capitalismo en su expansión territorial global y total (es el nuevo Totalitarismo); ver a Marvel desde las salas de cine de Chile a China pasando por Rusia tiene más poder que todo lo que hace la CIA para infiltrarse en los dominios «enemigos»; y mucho mejor y más eficaz que todas las guerras que sostienen los EE. UU. en distintos lugares con sus Fuerzas Militares, con gastos exorbitantes de miles de millones de dólares y con miles de muertos y con daños colaterales que duran décadas (y sin contar el odio que generar contra los propios EE. UU.). Y, además, Marvel, como buena industria capitalista deja, dentro de sus arcas, millones de dólares por ver esas películas. Este fenómeno de Marvel y su expansión a todos los territorios ha sido visto por ciertos pensadores. Nietzsche decía en lo fundamental de su Zaratustra, en su Libro Tercero, que «El centro está en todas partes» (Die Mitte ist überall), para expresar eso que es el acontecer del eterno retorno, la sensación afirmativa, en la cotidianidad dolorosa de la vida; y Nietzsche toma esta profunda idea desde la más radical mística cristiana de Eckhart, que expresa, a su vez, que Dios está en medio de NosOtros, en todas partes. Bueno, eso es Marvel hoy: la irrupción del Capitalismo por medio del Medio por excelencia, la Entretención y el Inconsciente; lo que yo llamo «Lógicas del mundo y del Estado»: ¡Marvel está por todas partes!

El trabajo de Marvel es de una fuerza brutal, descomunal y muy importante para el Capitalismo en su expansión territorial global y total (es el nuevo Totalitarismo).

Marvel se infiltra en todas partes y, además, ganando mucho dinero. Y Marvel lo hace de «buen modo»; sin asesinar a nadie, ni intervenir teléfonos ni ordenadores, ni usan espías, mi mandan misiles, ni hacen boicot, no arman a la oposición, ni interfieren en las políticas de los países, no los endeudan, ni los cercan, ni apoyan golpes de Estado, etc. Nosotros devenimos capitalistas «felices» por medio de Marvel (y comiendo en las salas de cine muchas palomitas de maíz y bebiendo litros de Coca Cola): chinos, rusos, venezolanos, franceses, españoles, brasileños, chilenos, etc. El Capitalismo hacendal militarizado chapuza se muestra en y por Marvel. Allí gozamos (mandato ¡Goza!, Lacan-Zizek dixit de los 60 y 70), allí emprendemos (mandato ¡Emprende!, Foucault-Chul-Han dixit de los 80 y 90), y allí nos aseguramos (mandato ¡Teme!, Espinoza dixit de los tiempos actuales). Son nuestros tres mandatos capitalistas que nos rigen desde Mayo del 68 en adelante… ¡Allí somos! Es nuestra «relación de medida» de este nueva teología chapuza capitalista. Marvel es nuestra religión: la religión capitalista. Marvel en sí mismo, en todo caso, expresa de forma brillante y muy inteligente lo mejor de Grecia: sus dioses (sus héroes) y su polis, con lo mejor del cristianismo: su dolor (su muerte) y su redención. Y así NosOtros no subjetivamos hoy en el mundo; por eso el mundo es actualmente mero Planeta y el NosOtros mero «nosotros».

En verdad lo mejor de Marvel, su única posibilidad de «redención» en pleno Capitalismo, debe ser el Titán Thanos, por lo menos en la versión de Avengers: Infinity War (hermanos Russo, 2018, y con Josh Brolin en estado excepcional de actuación), también en parte en Avengers: Endgame (2019) y en especial en el cómic The Thanos Quest (1990); fueron dos números que son la precuela de The Infinity Guantlet (1991; fueron 6 números). Thanos es el filósofo de Marvel, el más profundo de todos (más que Stan Lee, que es el historiador); es el reflexivo y crítico, el que tiene densidad existencial, el que tiene un propósito, el que se sienta como una estatua de Rodin a pensar y a reflexionar lo que acontece; y el que se pregunta por el sentido de todo esto: su destino. Thanos dialoga con sus enemigos en pleno campo de batalla (con el Intermediador, el Campeón, el Jardinero, el Corredor, el Coleccionista, el Gran Maestro, Iron Man, Capitán América, Thor, etc.); mientras todos los demás héroes son planos, mera challa, cultura pop a lo Hamilton, Fábrica de Warhol, superficie en tanto superficie, así como una hormiga; la esencia de los héroes es ser mero Ant-Man; no hay formalmente «re-flexión» al interior del héroe, sino mera exterioridad, mera naturaleza, nada más que cáscara.

Thanos, nombre que expresa, en una contracción, a Thánatos, el dios de la muerte de los míticos griegos o esa pulsión de muerte de ese viejo psicoanalista vienés llamado Sigmund Freud, es un héroe incomprendido, no un villano, ni un anti-héroe; es un romántico enamorado de su Muerte. Él busca las gemas del infinito, él las nombra de esa forma (se llamaban del «alma»), él sabe lo que mientan, su poder, de dónde vienen y a dónde van; incluso en combates tremendos en los que puede morir sigue con su propósito y todo lo hace, como un romántico Werther (así como la novela Las penas del joven Werther, de Goethe, de 1774), por estar con su amada Muerte, para estar con ella de igual a igual, pues el poder de las gemas le permitirá ser un «par» con la Muerte y no su esclavo o súbdito (solamente se aman en una relación de igual a igual). Incluso me atrevo a señalar que Thanos es más Héroe que esos otros héroes «reunidos» llamados Avengers (Vengadores); y, por lo tanto, radicalmente incomprendido; rasgo fundamental de todo tipo de héroe: desde Aquiles con su ira a Deadpool con sus chistes groseros, pasando por los múltiples Che Guevara revolucionarios que acontecen en todas partes y en múltiples épocas, así como los Robin Hood y su clásico robo a los ricos para dar bienestar a los pobres, etc., Thanos sabe, como cualquier dios semita (la esencia de todo dios monoteísta y, por ende, la esencia del cristianismo y de musulmanes y judíos), que para afirmar la vida se debe estar dispuesto al sacrificio.

No se puede ser pleno, vivir en plenitud (para no usar la palabra capitalista de moda: Felicidad, que huele a Festival y a Coca Cola y a «resiliencia»), sino mediado por el dolor, por el paso abismal de la muerte. Desde la muerte y su negatividad acontece la afirmación de la vida, fundamental en la lógica dialéctica afirmativa de Hegel (Wissenschaft der Logik, y sus tres libros publicados en 1812, 1813, 1816 y reedición póstuma del primer libro en 1832), y en la lógica creativa del retorno de Nietzsche (Also sprach Zaratustra, y sus cuatros libros publicados en 1883, 1884 y 1885). Tanto el «anillo lógico» de Hegel como el «anillo de retorno» de Nietzsche expresan esta idea de lo negativo como motor afirmativo. Esta sabiduría tan propia de la humanidad no se encuentra solamente en el pasado de un dios semita determinado (Elohim, Yahveh, etc.), sino que también se puede rastrear tal sabiduría en otros textos que no están en el canon construido del Antiguo Testamento para subjetivar a ese pueblo preciso como un pueblo especial, elegido para un destino Único; por ejemplo, también se encuentra, y esto es interesante, en el enemigo del dios hebreo como lo fue el célebre dios Baal de Asia Menor, dios adorado desde babilonios a fenicios pasando por caldeos; allí esta idea de la afirmación por medio del dolor es fundamental y nos permite entender lo que acontecía en esos tiempos y en esos lugares. Sin embargo, lo más interesante para nosotros (für uns) es que esa Idea vive y se aferra fuertemente en el presente inmediato y por múltiples partes por medio del cristianismo («el Centro está en todas partes»); y que luego se asume (es asumido; aufgehobene) posteriormente por el Capitalismo y su expansión se hace global (a todos los territorios: empíricos, virtuales, financieros, inconscientes), más allá de dioses semitas o no (pues este dios-capitalista todo lo atraviesa, como dije, hasta a los chinos en la actualidad y orientales en general). Por eso China devino el imperio capitalista por excelencia; ellos encarnan esa Idea; ellos hoy son la totalidad que está en todas partes afirmando la producción y distribución de capital; millones de capitalistas comunistas no demócratas, consumistas y que sufren como locos para cumplir con sus metas productivas; su expresión capitalista deviene en todas partes; ellos buscan ser la Mediación de toda «regla capitalista». Los humanos devenimos zombis, esto es, «chinos».

No se puede ser pleno, vivir en plenitud, sino mediado por el dolor, por el paso abismal de la muerte.

La idea del dios que nos salva y afirma y redime por medio de la muerte, y con ello se constituye la nueva ciudad (una muerte propia o ajena; muerte del propio dios o muerte de miles de hombres), la podemos ver de forma evidente también en Grecia (no es exclusivo de lo semita y cristiano); y en ese dios griego, tan querido por Nietzsche, como fue Dionysos. Un dios que resucita de su muerte (ya despedazado por los titanes, ya de las entrañas mismas de su madre Sémele abrazada por el fuego total de su pareja luminosa Zeus); un dios que, como el dios cristiano, resucita y se levanta sobre los muertos (no olvidemos que en el Nuevo Testamento ya Lázaro es un resucitado, así como Ariadna en los mitos griegos cuando se suicida en Naxos), después de ser clavado en la cruz y en ello nos salva a todos. Y tengamos en la memoria ese impresionante poema de Hölderlin Der Einzige (1801-1803), en donde el poeta alemán articula una trinidad entre Dionysos, Hércules y Jesús, y así vincula los dos horizontes de vida: el pagano y el cristiano, así como una cierta transfiguración al estilo de Moisés, Elías y Jesús; o no olvidemos a Wotan (no el de Marvel, sino el de la saga escandinavagermánica), que en sus mitos prístinos juega a ahorcarse y luego resucita (y de esta forma muestra a los otros dioses que él es el más poderoso; los otros no se atreven a matarse a ellos mismos, ni el poderoso Thor de la saga, ni el patético descompensado Fat Thor de Avengers: Endgame lo haría). Ni tampoco olvidemos al dios del siglo XX: Superman de DC (como se sabe muy bien, fue creado explícitamente desde la Biblia como el nuevo Cristo salvador del Planeta por parte de Jerry Siegel, escritor, y Joe Shuster, artista, en 1933, y su primera aventura salió en junio de 1938, Action Comics # 1). El héroe de Kriptón realiza el texto sagrado.

Superman, el dios por excelencia de nuestro inconsciente capitalista, también muere, y es una muerte que le da Doomsday en el cómic The Death of Superman, de Dan Jurgens, en diciembre de 1992. Es una muerte que causó realmente dolor en todos los lectores del cómic y que después se realizó visualmente en la versión fílmica de Batman vs. Superman: el origen de la Justicia (2016, Zack Snyder). Y literalmente se pudo ver cómo se moría Superman por millones de personas en todas partes del mundo (y se sigue viendo cuando se echa una y otra vez el film: por TV, Netflix, en los aviones, etc.). Y moría, obviamente, para salvarnos a todos. Y a la vez siempre se supo que Superman resucitaría. Y es probable (va otro spoiler) que luego Tony Stark resucite después de la muerte que le dieron en Avengers: Endgame por el chasquido de su Guantelete para derrotar a Thanos y sus Fuerzas (en el cómic esto se da de forma más natural, sus héroes mueren y luego resucitan; véase, por ejemplo, el muy actual Civil War II, 2016, en donde Iron Man ya fue muerto por la Capitana Marvel); pues es propio de los dioses resucitar, y por tanto, deben antes: ¡Morir! Está claro que el dictum de Hegel-Marx: «Primero como tragedia, luego como farsa» opera hoy más que nunca con esta nueva «Teología capitalista» que nos ideologiza en esta nueva ciudad global virtual.

2

Thanos, el viejo Titán loco (que de loco no tiene nada), el padre adoptivo de la implacable Gamorra y de la disruptiva Nébula (con esas hijas, cualquier padre en la actualidad «enloquece»), en Avengers: Infinity War busca dar vida, paz y equilibrio, como todo dios mítico, al Universo entero. Él es un destino «Inevitable» para todos nosotros y para toda forma de vida, como lo señala explícitamente el comienzo de Avengers: Endgame antes de morir en manos del juvenil, atolondrado y atormentado Thor (es su primera muerte, pues al final del film muere de nuevo en manos de Iron Man). Él es la finitud misma de todo cuanto hay; nuestro límite, «el» límite a secas, de suyo, en y por sí mismo, simpliciter. Es el único personaje de Marvel, como dije, con densidad reflexiva (el único); todos los otros héroes tienen la profundidad de un producto de The Factory de Warhol, esto es, la profundidad de la superficie (pero no la superficie de Paul Valéry, que es superficie con espesor, como una cinta de Moebius).

Thanos, es el único personaje de Marvel con densidad reflexiva (el único).

La pregunta permanente del pensador abismal Thanos (como dije, un romántico de tomo y lomo; y por ende incomprendido), que siempre está sentado, y así espera la muerte al final de Endgame, se expresa de múltiples maneras: ¿Cómo puede acontecer la paz en medio del caos que realizan todas las formas mortales de vida? ¿Cómo dar vida plena en un Universo caótico, desequilibrado y desmesurado? ¿Cómo una vida en medio de esa superficie que no tiene sentido alguno, sino simplemente acumular y acumular valor, y por eso el Universo se volvió difícil para vivir? ¿Cómo la vida en un Universo hipertrofiado de Valor de cambio anclado en el egoísmo? ¿Cómo la vida en un Universo capitalista? Thanos es lo «A-capitalista» por excelencia; de ahí su peligrosidad, porque puede literalmente disolver el Capitalismo, lo puede pulverizar, volverlo polvo desde dentro de sí mismo. Y algo de eso podemos ver en el increíble final de Infinity War.

Hegel, lo que hemos dicho, lo tenía bien claro y hace terminar su magistral obra de la Fenomenología del espíritu (1807) con unos versos de F. Schiller, del poema La Amistad, y no olvidemos que Hegel está en contra de la tesis inmediatizante estética de Schiller, pero igual usa sus versos para terminar su gran obra. Estos versos son: «… del cáliz de este reino de los espíritus / le rebosa la espuma de su infinitud» («aus dem Kelche dieses Geisterreiches / schäumt ihm seine Unendlichkeit»). Siempre la muerte y la negatividad como parte esencial de la historia (no por su momento estético inmediato, sino por la profundización ético-política de la historia), del despliegue de la sociedad, de la construcción del tejido sociohistórico visionario de cada uno de NosOtros. Desde la muerte y su dolor acontece la vida, y una vida que conlleva, luego, ciudad.

También la muerte de Thanos en Endgame, la muerte del Dios-Muerte (en realidad una doble muerte es siempre algo positivo, como en Dionysos), es dadora de vida (aunque será la capitalista de siempre, pero con nuevas ansias de Otro, a lo mejor una oportunidad de algo distinto, o, siguiendo a Benjamin, repetición a lo peor, a la farsa, a la chapuza, a revolución fallida). Incluso no solamente Nietzsche pensaba así con su célebre y malentendido «Dios ha muerto» (Gott ist tot) del Aforismo 125 (titulado El hombre frenético) de La Ciencia festiva (Die fröliche Wissenschaft, de 1882), sino el propio Lutero, que es parte esencial de su pensamiento teológico. Lutero está detrás de Hegel y de Nietzsche (son fundamentales esas 30 tesis de 1520 que se agrupan en De libertate christiana).

El origen del texto nietzscheano se encuentra en los textos de Lutero y de una tradición luterana anclada en san Pablo: «Gracias sean dadas a Dios, que nos ha dado la victoria en Cristo Jesús, en la que han sido absorbidos la muerte con el pecado». Porque con la muerte de Cristo Jesús se lleva la muerte de todos nosotros, nuestros pecados. Y en esa doble muerte (la muerte de Cristo y la de nuestros pecados), luego acontece una verdadera vida afirmativa fundadora de todo orden vivo. Dios, en tanto Cristo muere, debe morir. Lutero lo dice así en su Tesis 12: «Ya no es posible que el alma sea condenada por sus pecados, una vez que estos también son de Cristo, en el cual han perecido. De esta suerte dispone el alma de una justicia tan superabundante por su esposo que es capaz de resistirse contra todos los pecados, aunque ya estuviera sobrecargada de ellos». Y Lutero está, también, como se sabe, en la base de Hegel en la Fenomenología del espíritu, donde afirma que Dios mismo ha muerto como manifestación del sentimiento doloroso de la conciencia infeliz. Y también en las Lecciones sobre filosofía de la religión se refiere a Lutero constantemente: «A propósito de esta muerte cobra valor ahora el dicho de que Cristo se entregó a ella por nosotros; [ella] es representada como muerte sacrificial, como el acto de la satisfacción absoluta».

Solamente, dicho de otra forma, en la medida, por ejemplo, de la muerte o retirada del dios es posible un espacio para los mortales. El dios es nuestra cabeza, nuestro centro, nuestro medio, nuestro salvador y dador de ordenación de unos con otros: «No se dejen esclavizar por nadie con la vacuidad de una engañosa filosofía, inspirada en tradiciones puramente humanas y en los elementos del mundo, y no en Cristo. Cristo, Cabeza, Salvador y Mediador». Ya no se trata de filosofías, sino de voluntades que en su sacrificio median por el dolor y así dan vida, y vida en todas partes; sana y verdadera vida. Eso está clarísimo en la tremenda tetralogía del El Anillo del Nibelungo (Der Ring des Nibelungen), de Wagner (el proceso de escritura de su libreto y de componer su música fue largo, entre 1848 y 1874), que es una de las bases de la farsa Marvel. Ese enano Alberico, trágico por excelencia, que no deja que nadie use su anillo del poder, será derrotado como todos los dioses (así como Gollum), incluyendo a Sigfrido mismo, para que desde las cenizas del Walhalla acontezca la necesaria libertad del hombre. Lo que queda evidente en esta obra maestra de El Anillo del Nibelungo es que, más allá de filosofías, como señalan las Sagradas Escrituras, nos movemos en voluntades de poder, formas de afirmación por medio de la muerte en la materialidad misma de la vida, su plano de inmanencia; somos y nos movemos en historias materiales para fundar ciudades concretas.

Ya no se trata de filosofías, sino de voluntades que en su sacrificio median por el dolor y así dan vida, y vida en todas partes; sana y verdadera vida.

Es cosa de pensar en Alberico, Wotan, Sigmundo, Sigfrido, etc., para comprender que no es posible que acontezca la libertad sin dejar esa necesidad brutal, con toda su negatividad ciega a cuestas (por eso se trata de pulsión y nunca de instinto, para los psicoanalistas desde Freud hasta nuestros tiempos: el instinto es siempre cerrado y la pulsión, abierta). Y esa copia más simplona de Wagner que es El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien (The Lord of the Rings, 1954), sigue la misma idea. Ese anillo de Saurón es como una maldición, pues a quien lo porta lo vuelve un miserable ser codicioso. De un Smeagol a Gollum solamente se requiere muy poco tiempo, se radicaliza rápidamente el hobbit y deviene un monstruoso y oscuro ser que se mueve casi por instinto animal. Y en ese paso por la muerte necesaria, el anillo ilumina con su poder destructivo, pero así abre espacio para la vida, eso es, la Comunidad del Anillo: enanos, hobbits, elfos, humanos, magos, etc., todos juntos para realizar la proeza de dar sentido al anillo. Al final del relato de Tolkien, mucho mejor que en la plana película de Peter Jackson (2001-2003) que lleva el mismo nombre que el libro, se puede ver que en el tiempo del hombre ya no hay tiempo ni espacio para lo otro mítico; todo lo Otro tiene que dar un paso al lado y salir literalmente de la Tierra Media para que acontezca la era del hombre; lo que era posible ahora es necesario y, como por lo general, Hegel no se equivoca; ha llegado el Reino del hombre desde el sacrificio del dolor y la muerte y retirada de sus dioses. La ciudad de Dios (san Agustín), de los dioses (de las sagas paganas europeas), da paso a la ciudad del hombre.

Hegel no se equivoca: ha llegado el Reino del hombre desde el sacrificio del dolor y la muerte y retirada de sus dioses.

3

Con estos preámbulos estamos en el fértil territorio del cómic en nuestra era capitalista. Estamos ya en tierras de Marvel y su Guantelete del Infinito de 1991 (6 números publicados entre julio y diciembre: The Infinity Guantlet, escritos por Jim Starlin y dibujados por Georges Pérez y Ron Lim). Es la era explícita del Capitalismo hacendal militarizado chapuza de EE. UU. extendido al Planeta entero a través de sus múltiples franquicias (desde armas a films) y que he estudiado latamente en Capitalismo y empresa. Hacia una Revolución del NosOtros (2018). Y así llegamos a estos films de 2018, Avengers: Infinity War, y de 2019, Avengers: Endgame, dirigidos por los hermanos Russo (filmados al mismo tiempo). Ambos films se han elevado a los films más privilegiados en recaudación de taquilla planetaria.

¿Qué pasa hoy con la nueva versión del anillo, el poder, la muerte, el sacrificio, la ciudad, el dios, el héroe, la vida en la era capitalista militarizada chapuza? Para dar sentido inconsciente a esta pregunta está Marvel, pues esta empresa expresa lo propio de los EE. UU. de forma realmente ejemplar. Marvel manifiesta décadas de Capitalismo militarizado chapuza a lo EE. UU. y, por ende, para el Planeta entero. Marvel nos cuenta, por medio de sus historias, «La» Historia del Capitalismo de los EE. UU. en estos siglos XX y XXI (Colonialismo, Fascismo, Segunda Guerra Mundial, Guerra de Vietnam, Guerra Fría, Crisis Financiera, Terrorismo, Cambio Climático, Sobrepoblación, Enfermedades, Tecnología, Negocios, etc.). Una historia que se da en todas partes, pues tiene múltiples formas de darse y de filtrarse hasta en las fisuras de nuestro inconsciente: es casi imposible ofrecer resistencia a este fenómeno que se nos impone y que se nos repite necesariamente, y que nos arrastra con una fuerza de imposición brutal. Las historias de Marvel son «La» Historia del Planeta desde la visión de los EE. UU. y con la pretensión soberbia de ser «La» Visión de todo el Planeta (no olvidemos a ese héroe anodino que es Visión). Por eso sorprende tanto el personaje de Thanos; el acontecer de Thanos, su advenimiento casi superando a sus propios creadores; así como el Quijote superando a Cervantes y con vida propia (o a James Bond superando a Fleming); esto es evidente, en especial, en The Thanos Quest y en Infinity War (y en ciertos momentos de Endgame). No es menor lo que muestra el film Infinity War; es realmente el único momento en que esta franquicia capitalista radical ha dado un paso más allá de sí misma (y lo ha hecho absolutamente inconsciente, pero igual lo hizo y lo ejecutó de forma brillante); es como una salida al mismo sistema laberíntico Marvel, una perforación a la poderosa Marca EE. UU.; es su fuga, su descentramiento, su éxtasis, su afuera. Thanos es, para Marvel, lo que es el «de suyo» para Zubiri, lo real para Lacan, el Acontecimiento para Deleuze, etc., esto es, la irrupción que se impone y abre espacio para que el otro en tanto que Otro acontezca. Thanos es dar un paso que ha intentado ir por encima del capitalista global y en ello lo que se da es tremendo, inesperado y, por tanto, una posibilidad real de transformación, algo así como un Acontecimiento. Y esto se dio porque se vio inconscientemente, literalmente, la Idea de que a lo mejor es posible vivir sin Capitalismo alguno en la mortalidad misma en la que somos mundanalmente, más allá de mediaciones de héroes y dioses para mantenernos afirmativamente en una dudosa salvación y redención en la producción y distribución de capital. Y, por tanto, en el actuar de Thanos no se da redención alguna, sino que lo que queda es la inmanencia radical de nuestro tejido sociohistórico visionario, que se expresa en nuestras ciudades que vamos construyendo entre todos NosOtros. En el momento en que Thanos (va gran spoiler; lector, por favor, no siga leyendo si no ha visto el film Infinity War, pero es casi imposible que alguien no sepa lo que aconteció en 2018 con ese film) chasquea los dedos, desaparece de forma aleatoria la mitad de las formas vivientes del universo (y con ello mueren pulverizados varios de los héroes más queridos por millones de personas, como Spiderman, Black Panther, Doctor Strange, Quill, etc.).

Thanos es, para Marvel, lo que es el «de suyo» para Zubiri, lo real para Lacan, el Acontecimiento para Deleuze, etc., esto es, la irrupción que se impone y abre espacio para que el otro en tanto que Otro acontezca.

Es el momento por excelencia en que el film y estos personajes casposos, esos héroes, pueden dar un salto «al infinito y más allá» (¡y, por fin, dejan de ser!); y ahí mismo aparece en cierta forma la estructura misma del Capitalismo, su límite por excelencia; su radical finitud histórica se puede ver. El Capitalismo muestra su Matrix; dicho en hegeliano, la esencia se expresa en su ser, sale, aparece, brilla, emerge por medio de Marvel. Y esto debido a que realmente la vida se juega en ese maldito y ridículo guantelete; y en esas piedras también bastante chillonas y sin glamour alguno (incluso diría piedras bien ridículas; en todos los cajones de nuestros abuelos o tíos tienen varias de esas piedras y a nadie les interesan). Ese guantelete no tiene el toque del anillo de Alberico, ni tampoco el de Saurón, ni mucho menos el del anillo de «retorno» de Nietzsche o del anillo «lógico» de Hegel, pero funciona con millones de seguidores de la saga fílmica; pues «primero como tragedia, luego como farsa» y, esto es, es «inevitable», pues se repite, y se repite necesariamente a peor, porque ha fallado el proceso revolucionario de transformación de la vida de NosOtros (aquí nuestros exergos cobran sentido: Hegel, Marx, Benjamin, Thanos). El Capitalismo muestra radicalmente su esencia en esta Fábrica de entretención gráfica (y ahora fílmica); y en ello va ideologizando a miles de personas no solamente en EE. UU. por décadas, sino que ahora por sus films lo hace a nivel planetario (son cientos de millones). Esa ideologización «marvelizante» de todos NosOtros nos vuelve en parte en un mero «nosotros, pero necesario» esclavizado, zombi, clon del Capitalismo hacendal. Ese yo heroico, ese Hulk que se expresa en mil rostros, así como la antigua tragedia griega en que todos los héroes eran expresión de Dionysos; aquí todos son en la actualidad expresión de Hulk, de un Yo narciso hacendal que defiende con una ética mortal sus valores capitalistas y lo hace con las formas estéticas más rancias y ridículas (es cosa de ver ya los peinados de nuestros líderes y queda esto bastante claro: Trump, Macron, Kim Jong-un, etc., ya los peinados de los héroes: el Capitán América, Doctor Strange, Thor, etc.). Por eso Marvel es nuestro enemigo más tóxico, pues se nos filtra por medio de nuestros poros corporales, se nos filtra al inconsciente y al parecer no lo podemos detener; y esto es porque a veces, y por lo general, en vez de ver la estructura misma del Capitalismo y nuestra subjetividad dominada por tal ideologización en su goce y formalmente esclavizada, vemos, sin embargo, literalmente, así como esa serie antigua de Batman del casposo y fofo Adam West (algo más gordo como Ben Affleck de la aburrida Liga de la Justicia, de Snyder, 2017), los letreros cuando se dan golpes en sus peleas: ¡Boom!, ¡Cáspita!, ¡Ahhhh!… Y, en esto, no podemos ver su estructura material histórica misma, que nos ideologiza subjetivándonos en capitalistas; los chinos actuales.

Y luego nos conformamos en críticas ontológicas, y usamos la verborrea heideggeriana, por ejemplo el ser del Capitalismo ante la «nadificación» de todo ente e incluso de los vivientes y los superhéroes. En esa «nadificación» aleatoria, esto es, el actuar de Thanos, el Capitalismo se destruyó casi por completo y en esa angustia ante el mercadomundo nos queda decir, como dicen en los bares madrileños de Carabanchel: ¡No somos Nada! Y así seguimos como «almas bellas» (la certera crítica de Hegel de su Fenomenología del espíritu), con ciertos resguardos ontológicos, y pensamos que en el fondo la muerte de Thanos no nos afecta, pero nos afectó a todos. Y en esa Nada acontece la muerte, porque en verdad nuestra vida es parte del sacrificio de los héroes y del héroe Thanos; si Dionysos es el doble nacido, Thanos es el doble asesinado; una vez por Thor, otra vez por Iron Man y en un mismo film. Algo así como una versión mucho más mejorada del oscuro Séptimo Sello de Bergman (1957). Ahora la muerte sana, también como en el pasado, pero a lo mejor es posible que en este nuevo universo menos denso y estúpido realmente podamos vivir sin el aplastante mercado de EE. UU. y también sin esos horrorosos héroes, soldados, vigilantes (fuerzas, voluntades, dispositivos) que viven en el día militarizando nuestro Capitalismo a nivel total; como digo en otra parte, militarizando hasta el inconsciente o, mejor dicho, precisamente el inconsciente (esa es la batalla por antonomasia, es «La» Batalla por dar). La hazaña del Titán Héroe Thanos es que, en esa decadencia total, también nos hace ver que Marvel no es nada más que otro producto, otra mercancía, y que su mercado también caerá, pues necesariamente debe caer: es finita, es parte de nuestra propia historia material; nunca es hegemónica; imposible que el Capitalismo sea hegemónico, aunque se pretenda soberbiamente lo contrario. Lamentablemente, como vimos en Avengers: Endgame, todo volvió a ser casi como antes; y el Capitalismo, y Marvel y sus héroes y el universo, volvió a estar cargado de chapucería; se repitió, aunque distinto, sin Iron Man, sin Capitán América, ni Viuda Negra, ni Visión, etc., la farsa necesaria para mantener operativo a ese viejo Capitalismo británico. Y, por lo tanto, ya no es del todo lo mismo. Pero lo importante es que nos olvidaremos de la verdad de esta esencia capitalista por Endgame; que por una vez se dio el acontecimiento a través de la muerte de los héroes, la posibilidad de ver cómo se da el Capitalismo en el Capitalismo mismo en Infinity War, y en esto barruntamos una posible revolución que nos permitiera afirmar la vida más allá del Capitalismo; aunque esto parezca inocente e ingenuo. Con Thanos aconteció, en su chasquido, una Revolución del NosOtros en medio mismo de Marvel, y de allí en nuestro inconsciente, en cada uno de los que vieron el film y leen este texto. Por lo menos así lo espero.

Marvel no es nada más que otro producto, otra mercancía, y su mercado también caerá, pues necesariamente debe caer: es finita, es parte de nuestra propia historia material; nunca es hegemónica.

Conclusión

Marvel es nuestro peor enemigo, es como la filosofía hegeliana para los heideggerianos (el estudioso Adorno se dio cuenta rápidamente del problema de los fenomenólogos y de Heidegger en especial); sin mirada reflexiva crítica estamos, literalmente, perdidos; pues no tenemos cómo mediatizar la inmediatez de los héroes en sus aventuras chapuzas capitalistas. Si Hegel decía que «El ser es lo inmediato indeterminado» en su «Doctrina del ser», en la Ciencia de la lógica, habría que actualizarlo y decir junto a él que «Marvel es lo Inmediato indeterminado»; lo inmediato en y por sí mismo que se resiste a dejarnos, pues lo inmediato siempre está ahí, como resto que no se deja subsumir del todo. Y en esa inmediatez obra todo su poder de dominación; en esa inmediatez de hacernos creer que Iron Man es el héroe y Thanos el villano. Pues no es así: Thanos es el que nos permite reflexionar por la finitud misma de esta aparente hegemonía ideológica que es Marvel con ansias de inmortalidad y de dominación de todos. Y Marvel se superó a sí mismo con Thanos, pues nos dio la confianza de que toda esa hacienda capitalista se podría acabar, incluso la de la propia Marvel. Y así podríamos ver cómo actúa su esencia, que nos subjetiva en la hacienda militarizada chapuza de los EE. UU. al mundo entero: Rusia, China, etc. Solamente desde la mediación se nos vuelve inmediato para nosotros Marvel, y podemos ver la naturalización de su propia luz; luz creada desde la historicidad misma del Capitalismo. De ahí que estaba tan feliz al ver a Thanos desactivando a Hulk por medio de un puñetazo al comienzo de Infinity War; pensamos que era el camino seguro a seguir, pero ¿será posible acabar con los héroes de Marvel y con su expresión capitalista de la Matrix hacendal militarizada chapuza actual? Depende de NosOtros. ¡Es inevitable! Debemos proseguir con la «Búsqueda de Thanos». El Capitalismo debe ser finitizado y con ello disuelto en nuestro inconsciente «marvelficado» por esa nueva ideología: la Teología capitalista.

F+ Las fiestas con Schopenhauer

Diseño hecho a partir de un dibujo de Arthur Schopenhauer a lápiz de Álvaro Marqués Hijazo derivado de la imagen Arthur Schopenhauer by J Schäfer, 1859, distribuida por Wikimedia Commons bajo licencia creative commons Attribution-ShareAlike 4.0 International (CC BY-SA 4.0).

¿Nos las hubiera amargado? El padre del pesimismo filosófico nos ofrece algunas claves para desprendernos de las ilusiones huecas, pisar firmemente la realidad y no caer en la vana ilusión de una esperanza que siempre nos promete tiempos mejores. El pesimismo de Schopenhauer nos redime de un peligroso buenismo y nos reconcilia con el aspecto más terrible y oscuro del mundo: al contrario de lo que suele pensarse, el pesimismo nos fortifica gracias a un vitalismo muy realista que no cae en dulzonas recetas.

F+ La explotación como dependencia

Marx-explotación

Karl Marx, 1875. Imagen de Olga en Flickr bajo licencia creative commons Attribution-ShareAlike 2.0 Generic (CC BY-SA 2.0).

El presente artículo trata de elaborar, a partir de un análisis de concepto de dependencia en la obra tardía de Marx, un concepto crítico de dependencia que permita dar cuenta de la especificidad experiencial de la explotación capitalista. Con tal fin, el artículo toma como base la distinción entre dependencia personal e impersonal de los Grundrisse para mostrar que la sociedad capitalista analizada en El capital presenta articulaciones históricamente específicas entre ambas formas de dependencia. La elaboración crítica de la noción de dependencia permite, además, acercarse críticamente a los desarrollos específicos del neoliberalismo actual, por cuanto implican nuevas formas de articulación de las relaciones de dependencia. Con todo ello, nos situamos más allá de la recepción corriente de las categorías críticas de Marx tal como dominación y alienación, así como de la recuperación de la noción de dependencia que se ha desarrollado desde la crítica feminista al liberalismo.

Por Emmanuel Renault, Université Paris Nanterre (París)

El concepto de dependencia no es un concepto que se pueda asociar de manera directa con Marx. Sin embargo, podemos subrayar que este concepto ha logrado obtener cierta importancia únicamente en los márgenes feministas y coloniales de los debates marxistas. A este respecto mencionamos la «teoría de la dependencia», elaborada en particular por André Gunder Frank, para dar cuenta de las especificidades de la explotación de la periferia de la economía-mundo llevada a cabo por el centro. Recordamos, asimismo, los abordajes feministas que, siguiendo a Christine Delphy, han destacado cómo la explotación del trabajo doméstico está relacionada con los tipos asimétricos de dependencia personal propios del orden patriarcal.

Diferentes autores analizan de qué modo unos individuos, grupos sociales o incluso países y continentes enteros son explotados por parte de otros individuos, grupos sociales, países o continentes que dependen de ellos. Esos autores conciben que esta dependencia está producida por un conjunto de factores sociales, políticos y culturales a la vez que es reproducida por el proceso de explotación. Estas ideas desempeñan un papel importante — aunque pocas veces analizado— en El capital de Marx. Si merecen ser tomadas en consideración principalmente hoy en día es porque nos permiten arrojar luz sobre determinadas transformaciones contemporáneas de viejos procesos de explotación, así como sobre la emergencia de nuevos procesos de explotación.

En este artículo, se examinarán estas cuestiones en tres momentos. En un primer momento, se detallará la naturaleza y la función de la célebre distinción de las formas de dependencia personal e impersonal que se encuentran en los Grundrisse. Se tratará de determinar el sentido que esta distinción confiere al concepto de dependencia y en qué medida esta puede convertir en crítico dicho concepto. En un segundo momento, se abordará El capital para analizar las formas de dependencia propias del modo de producción capitalista. Aquí se verá que Marx presenta el capitalismo como un modo de articulación singular de formas de dependencia personales e impersonales, al contrario de lo que afirma la interpretación habitual del pasaje mencionado de los Grundrisse, que tiene en cuenta solamente la temática de la dependencia impersonal. En un tercer momento, se presentarán interrogantes sobre las normas de la crítica de la explotación y sobre el interés de una crítica de la explotación que no se refiera solamente a la dominación, a la injusticia y a la alienación, sino también a la dependencia. Por último, se confrontará el concepto crítico de dependencia elaborado por Marx con las revalorizaciones antropológicas e intersubjetivas de la dependencia.

Marx presenta el capitalismo como un modo de articulación singular de formas de dependencia personales e impersonales

La distinción entre dependencia personal e impersonal

La marxiología parece tomarse en serio la cuestión de la dependencia, sobre todo a partir de un punto célebre de los Grundrisse que, de forma manifiesta, intenta plantear batalla contra la cuestión ideológica del capitalismo como progreso de la libertad, oponiendo progreso de la dependencia personal y progreso de la dependencia impersonal. Este tema se ha interpretado a menudo en sentido contrario: el modo de producción capitalista se caracterizaría por la sustitución por parte de formas de dependencia impersonales respecto a formas de dominación personal que prevalecían antes, en concreto en la sociedad feudal. En este pasaje Marx explica cómo un siervo o un esclavo dependía estatuariamente de un maestro o de un señor, mientras que los proletarios gozan de cierta independencia al carecer de esta clase de dependencia personal. No obstante, dependen de mecanismos económicos que definen una forma de dependencia impersonal.

Cuando Marx formula esa idea, parece perseguir principalmente dos objetivos. Por un lado, trata de cuestionar que la sociedad capitalista esté marcada por un progreso de la libertad entendida como independencia. Al contrario, subraya que esta está definida por la sustitución de una dependencia por otra. Por otro lado, subraya que la transformación de las relaciones de dependencia personal en relaciones de dependencia impersonal no es, en gran medida, otra cosa que una apariencia en sí misma, y ello por dos razones. La primera es que, ya en el modo de producción feudal, la dependencia personal se basaba en las formas de dependencia objetivas e impersonales que caracterizaban las relaciones sociales propias del modo de producción feudal. Puesto que el siervo no tenía acceso a todos los medios de producción (como, por ejemplo, el molino), estaba obligado a someterse a las condiciones fijadas por el propietario de este medio de producción: al igual que el proletario, el siervo está obligado a aceptar las condiciones de una oferta explotadora debido a una dependencia objetiva, o no personal, con respecto a los medios de producción. El hecho de que Marx no aceptara la tesis de que la explotación propia del feudalismo no está basada en una dependencia personal parece que no ha sido destacado a menudo por los comentaristas; en cambio, Marx se refiere, por su parte, a «la ilusión de las ‘relaciones puramente personales’ de la edad feudal» y pone la «dependencia personal» entre comillas en esta cita y, más en general, en este pasaje.

La segunda razón por la que el capitalismo se caracteriza —solo en apariencia— por una sustitución de la dependencia impersonal con la dependencia personal tiene que ver con el hecho de que los vínculos de dependencia personal no desaparecen con el capitalismo. Las relaciones de dependencia objetivas o impersonales que son propias del capitalismo se actualizan, en efecto, en las formas de la dependencia personal: dependencia del poseedor de la fuerza de trabajo de aquel que tiene un poder monetario suficiente para poder comprar esa fuerza de trabajo por un salario, dependencia del obrero respecto del personal de gestión y vigilancia sin el cual la cooperación no es posible. Volveremos más adelante sobre este punto. Cuando Marx incide en que las relaciones de dependencia objetivas o impersonales propias del capitalismo son «la elaboración del principio general de las relaciones de dependencia», se refiere claramente a «la elaboración del principio general de las relaciones de dependencia» personal; en caso contrario, la afirmación no tendría sentido. Marx señala también que en el capitalismo «esta dependencia material (…) se transforma de nuevo en relaciones de dependencia personales, pero despojadas de toda ilusión», es decir, despojadas de las ilusiones relativas al estatuto superior del señor, por poner un ejemplo. Dependencia objetiva o impersonal y dependencia personal se piensan claramente juntas, tanto en relación con el feudalismo como con el capitalismo. Cabe ver, por consiguiente, que la originalidad de Marx no consiste tanto en haber identificado capitalismo y dependencia personal, sino en haber pensado en términos de sistema de dependencia: un sistema de dependencia en el cual los momentos objetivos o impersonales son indisociables de los personales.

Marx explica cómo un siervo o un esclavo dependía estatuariamente de un maestro o de un señor, mientras que los proletarios gozan de cierta independencia al carecer de esta clase de dependencia personal. No obstante, dependen de mecanismos económicos que definen una forma de dependencia impersonal

Sin embargo, la apariencia de una sustitución de las relaciones de dependencia impersonales con las relaciones de dependencia personales no es sino una ilusión. Por un lado, es cierto que el capitalismo se caracteriza por un progreso de la libertad como independencia o libertad negativa (Marx llega a hablar a este respecto de «aspecto positivo del asalariado»), incluso si la libertad en el sentido propio debe concebirse como una libertad negativa o independencia negativa, como una libertad positiva que se hace imposible para el proletario que no tiene más remedio que dedicar su vida a actividades productivas carentes de significado y valor para él. Por otro lado, la diferencia entre modo de producción feudal y modo de producción capitalista parece caracterizarse por el hecho de que las relaciones de dependencia impersonales desempeñan un papel más determinante en el modo de producción capitalista. Es en este sentido que cabe comprender la afirmación de que son el «principio general de las relaciones de dependencia» personal. Lo que distingue el feudalismo y el capitalismo son, por tanto, las distintas disposiciones de las relaciones personales e impersonales de dependencia, dado que la disposición propiamente capitalista de estas relaciones se caracteriza por un progreso de la independencia personal, en cierto sentido, y una mayor centralidad de la dependencia personal.

Otra interpretación que generalmente se propone para este pasaje tiende a una identificación entre dependencia personal y dominación personal. El tema de la dominación impersonal es célebre. Sin embargo, las formulaciones de Marx no son tan precisas a este respecto como para que se pueda decidir entre dos posibles interpretaciones: la primera identificaría dependencia impersonal y dominación impersonal, la segunda haría de la dependencia personal la condición de la dominación impersonal. Igualmente, no es fácil determinar qué es lo que hay que entender por dominación impersonal: ¿la dominación en cuanto que relación de clase o la dominación en cuanto que dominación por parte de procesos materiales de tipo económico o incluso por la ideología?

En cualquier caso, vinculando la cuestión de la dependencia a la de la dominación, así como, de forma implícita en los Grundrisse y más explicita en El capital, a la de la explotación, Marx convierte la dependencia en un concepto crítico. Pero ¿en qué sentido el concepto de dependencia puede tomarse como un concepto crítico? De nuevo, no es fácil responder a esta cuestión porque Marx no detalló en ninguna parte qué entendía por dependencia o por su contrario, independencia, sin duda porque, según él, la libertad no tiene que concebirse como independencia o libertad negativa, sino como libertad positiva. A la luz de estos pasajes de los Grundrisse y de los textos de El capital que retoman cuestiones análogas, es posible considerar que el concepto de independencia evoca no solamente la emancipación respecto de las relaciones de dependencia estatutaria, sino también la capacidad de un individuo de disponer de los medios para satisfacer sus necesidades, mientras que el concepto de dependencia evoca el hecho de que un individuo pueda ser privado de esta capacidad tanto por unas relaciones sociales, como por ejemplo unas relaciones de propiedad que despojan de los medios de producción (dependencia objetiva o impersonal), como por unos individuos que ceden lo que nos permitiría satisfacer nuestras necesidades (dependencia personal). Se encontrará entonces una nueva confirmación de la idea según la cual el modo en el que Marx considera la dependencia articula en todo caso dependencia personal y objetiva o impersonal: es porque existen unas relaciones de producción que despojan objetivamente de los medios de producción que unos individuos dependen personalmente de otros individuos que poseen estos medios de producción. De ahí se llegará a la idea de que, en cualquier caso, no es la dependencia por sí misma la que es merecedora de crítica, sino el hecho de que expone a individuos y a grupos a injusticias y dominaciones estructurales.

Marx no detalló en ninguna parte qué entendía por dependencia o por su contrario, independencia, sin duda porque, según él, la libertad no tiene que concebirse como independencia o libertad negativa, sino como libertad positiva

A partir del propio Marx resulta difícil hacer más aclaraciones acerca de qué significa dependencia y la distinción entre dependencia personal e impersonal. Esperemos que hayan quedado lo suficientemente claros para ahora analizar la manera en que El capital piensa la explotación en términos de dependencia y preguntarnos por el tipo de crítica de la explotación que puede asociarse a una concepción crítica de la dependencia.

Explotación y dependencia en «El capital»

En El capital encontramos diferentes ejemplos que indican que Marx piensa la explotación en función de la imbricación de las distintas formas de dependencia objetiva o impersonal, que siempre se actualizan en relaciones de dependencia personal. Marx analiza la explotación a distintas escalas, macro, meso y micro, que hacen que en todo momento vayan apareciendo formas más específicas de dependencia. Por un lado, la explotación es analizada a la escala macrosocial de la relación social de producción que define a la burguesía y al proletariado como clase. A esta escala, la explotación es definida como una dependencia estructural: puesto que son despojados de los medios de producción, los proletarios dependen de los capitalistas para producir sus medios de subsistencia; se trata de una dependencia objetiva o impersonal en cuanto que no posesión de los medios de producción, y al mismo tiempo una relación de dependencia personal con respecto a los que poseen los medios de producción.

Por otro lado, la explotación es analizada a la escala mesosocial de las instituciones por el intermediario que actualiza la dependencia estructural de estas: el mercado y la empresa (para decirlo con un lenguaje que no es de Marx) capitalistas. En el mercado, esta dependencia estructural toma la forma de una dependencia monetaria, que de nuevo es, a su vez, una dependencia objetiva (una falta objetiva de medios de pago) y una dependencia personal con respecto a los que poseen los medios de pago («el hombre de los escudos»). En el lugar de trabajo esta dependencia estructural toma, a su vez, otras formas. La división técnica del trabajo implica, en efecto, que la actividad de trabajo individual pierda su función y su valor de uso si no es integrada en un proceso de cooperación productiva. De ello resultan nuevas formas de dependencia personal en la medida en que el proceso de cooperación productiva implica la existencia de una función de dirección, tomando en el mejor de los casos la forma del director de orquesta, en el peor, la del despotismo de la fábrica, ambos indisociables de las formas de dependencia objetiva: desde que la cooperación se ha organizado materialmente por medio de máquinas y de sistemas de máquinas, el valor de uso de la fuerza de trabajo depende totalmente de su integración en un sistema técnico de objetos.

Finalmente, la explotación es analizada de acuerdo con la escala microsocial de la experiencia de la explotación y de las resistencias que suscita. El trabajador sabe que debe someterse al despotismo de la fábrica y al ritmo de la máquina, por muchas reticencias que tenga, porque depende personalmente de su salario (dependencia monetaria), mientras que el capitalista puede, en todo momento, reemplazarlo por otro trabajador (debido a la dependencia técnica). En otros términos, sabe que la dependencia monetaria y la dependencia técnica convierten en asimétrica la interdependencia personal del capitalista y del proletario: el capitalista, en calidad de individuo, necesita menos del proletario como individuo —debido a que lo puede reemplazar a su antojo— de lo que el proletario como individuo necesita al capitalista. La experiencia de esta dependencia asimétrica está en el centro de la experiencia de la explotación.

Desde el punto de vista macrosocial, existe una dependencia asimétrica entre capitalistas y proletarios porque los capitalistas, como capitalistas cuya función es la de producir plusvalía y acumularla, dependen del plustrabajo de los proletarios (de ahí la cuestión ideológica de que el obrero necesite al patrón tanto como el patrón necesita al trabajador). Sin embargo, desde un punto de vista microsocial —el de las interacciones personales o individuales entre capitalistas y proletarios—, esta dependencia es asimétrica, ya que el capitalista puede tomar la iniciativa de reemplazar a sus proletarios. De ahí la necesidad, comprobada a partir de la experiencia obrera, de coaliciones destinadas a compensar la dependencia asimétrica a la escala individual por una relación de fuerza colectiva.

Marx analiza cómo esta dependencia multiforme se produce durante diferentes procesos históricos. La dependencia estructural, tal como se define a la escala macrosocial, depende de la expropiación de las poblaciones campesinas, descrita en el capítulo consagrado a La llamada acumulación primitiva del capital. Sin embargo, el despojo de los medios de producción se lleva a cabo en un proceso más gradual, que marca una pérdida progresiva de independencia por parte del poseedor de la fuerza de trabajo. Evocamos aquí el proceso de transformación del artesano —como trabajador independiente poseedor de sus medios de producción— en asalariado en el seno de la industria, proceso que se efectúa de manera gradual por medio de la entrada en escena de la «manufactura heterogénea», a continuación por la transformación de esta en «manufactura orgánica» y, finalmente, por el surgimiento de la «gran industria».

Por otra parte, las dependencias mesosociales se incrementan de manera doble en la dinámica histórica del capitalismo. La dependencia monetaria se ve incrementada por la creación de una «sobrepoblación relativa» o «ejército de reserva», mientras que la mayor importancia de las máquinas en el proceso de producción crea una suerte de incremento de la dependencia técnica. Por lo tanto, cabe decir que el desarrollo del capitalismo como modo específico de producción va acompañado de una dependencia cada vez mayor del proletario. Es en este sentido que Marx puede afirmar con respecto al proletario que, en la etapa más avanzada del modo de producción capitalista —a saber, la gran industria—, «a la vez se consuma su desvalida dependencia respecto al conjunto fabril; respecto al capitalista, pues».

Asimismo, al término de esta evolución, esta dependencia tiende a reproducirse: los salarios nunca bastan para permitirles a los asalariados la adquisición de los medios de producción (herramientas, máquinas, materias primas, lugares de trabajo) que les harían independientes de los capitalistas, y su dependencia técnica reduce su poder de negociación en relación con el capitalista. En este sentido, Marx puede señalar: «Para el curso usual de las cosas es posible confiar al obrero a las ‘leyes naturales de producción’, esto es, a la dependencia en que él mismo se encuentra con respecto al capital, dependencia surgida de las condiciones de producción mismas y garantizada y perpetuada por estas».

Marx analiza la explotación a distintas escalas, macro, meso y micro, que hacen que en todo momento vayan apareciendo formas más específicas de dependencia

La dependencia como concepto crítico

Por consiguiente, puesto que Marx ha insistido en el vínculo entre explotación y dependencia, y lo ha hecho en un sentido que confiere de manera clara una función crítica al concepto de dependencia, puede parecer extraño que los debates relativos a las modalidades de la crítica de la explotación, excepto en el caso de Iris Marion Young, no hayan nunca otorgado un papel central a la cuestión de la dependencia. En estos debates, siempre se busca determinar lo que es inaceptable de la explotación a partir del concepto de injusticia, de dominación y de alienación. Hay, sin duda, diferentes razones legítimas para preferir una crítica del capitalismo en términos de injusticia, de dominación y de alienación más que en términos de independencia, pero es también probable que, dejando a un lado el problema de la independencia, se corra el riesgo de generar una crítica de la explotación incompleta, privada de ciertas cuestiones políticas que son fundamentales.

Para comenzar esta discusión, cabe reconocer que resulta del todo razonable albergar reticencias a la hora de llevar a cabo una crítica de la explotación en términos de dependencia. El concepto de dependencia no pertenece al vocabulario de la crítica social y no tiene tanto mordiente como los conceptos de injusticia, dominación y alienación. Es más, la naturaleza del vínculo entre explotación y dependencia no resulta clara de inmediato, mientras que no hay duda de que la explotación pueda ser criticada en términos de injusticia (puesto que descansa sobre una oferta de trabajo que un demandante de empleo está forzado a aceptar en perjuicio suyo), de dominación (sea esta estructural inscrita en relación de clase o la que se actualiza en el lugar de trabajo) y de alienación (puesto que la explotación despoja a los trabajadores de los productos de su actividad, incluso de su propia actividad).

Finalmente, hay una tercera razón para desconfiar de una crítica de la explotación en términos de dependencia: el concepto de dependencia no es en sí un concepto crítico. Es posible, de hecho, considerar que hay dependencias buenas, como las de los recién nacidos respecto a sus padres, y también malas dependencias; al igual que se ha visto que lo que parecía convertir la dependencia en un concepto crítico en Marx se debe al hecho de que las dependencias que él crítica no lo son en cuanto dependencia en general, sino que se trata de una dependencia que contribuye a producir y a reproducir dominaciones e injusticias. Por lo tanto, si la dimensión crítica del concepto de dependencia está formulada en Marx en términos de injusticia y dominación, ¿por qué no contentarse con estos dos conceptos, incluso para complementarlos con un análisis en términos de alienación?

Aunque todos estos argumentos son relevantes, cabe considerar, sin embargo, que algo se pierde cuando se critica la explotación únicamente en términos de injusticia, dominación o alienación, sin involucrar el vínculo entre explotación y dependencia. Lo que se pierde se debe al hecho de que la injusticia y la dominación estructurales, así como la alienación, toman la forma de la experiencia específica de la injusticia, de la dominación y de la alienación cuando se anclan en sistemas de dependencia asimétrica. No es lo mismo sufrir, por un lado, una injusticia resultante de desigualdades pasadas o de sistemas de distribución que reprobamos, y por otro, sufrir una injusticia a la vez que se depende de ella. Tampoco es lo mismo que obedecer a alguien a quien se teme sin depender materialmente de él y obedecer a alguien del que se depende. Finalmente, no es lo mismo, por un lado, no reencontrarse en las actividades propias por el hecho de que están determinadas por un mundo que se rechaza y al que uno tiene que adaptarse a falta de algo mejor y, por otro lado, saber que no podemos encontrar ningún otro espacio para poner en práctica nuestras actividades y que, por lo tanto, estamos vinculados a este mundo que se rechaza, pero del que dependemos porque es el único ámbito en el que podemos desarrollar estas actividades.

Tratándose específicamente de explotación, tomar en cuenta la dependencia permite comprender que una de las especificidades de la experiencia de la explotación está relacionada con su naturaleza ambivalente. En cuanto que experiencia de la injusticia y de la dominación asociada a unas experiencias de dependencia monetaria y técnica, la explotación siempre puede convertirse en una habituación a la injusticia y en servidumbre voluntaria. De ahí que pueda tomar la forma de una experiencia específica de alienación como apego a aquello que se rechaza; a saber, la dominación y la injusticia. ¿Acaso no hay una apuesta política en la elaboración de modelos de críticas sociales capaces de captar la especificidad de unas formas en las que quienes están interesados concretamente en la crítica de la injusticia y de la dominación, por el hecho de que las sufren, experimenten la dominación y la injusticia? ¿Y no hay igualmente una apuesta política en la elaboración de un modelo de crítica social que pueda tener en cuenta igualmente los obstáculos, incluida la servidumbre voluntaria, que son susceptibles de oponerse a la transformación de las experiencias de injusticia y dominación?

Tener en cuenta el vínculo entre la explotación y la dependencia puede ayudar a desarrollar una crítica de lo que parece ser una de las metamorfosis contemporáneas de la explotación capitalista y que forma parte de la dependencia organizada. A nivel macrosocial, podemos decir que el neoliberalismo no se caracteriza solamente por una lucha en contra de las protecciones estatales dirigidas a minimizar los efectos de la dependencia económica (subsidio de desempleo, derecho del trabajo, etc.), sino también por la organización de nuevas formas de dependencia económica, como el endeudamiento privado. A la dependencia económica a corto plazo que es el salario (que en su mayor parte no permite mantenerse por más de un mes), el neoliberalismo añade la dependencia económica a largo plazo de la deuda privada que hace que los individuos sean dependientes de su explotación durante varios años o incluso varias décadas. A nivel mesosocial, este ha desarrollado la figura de los «trabajadores autónomos», que ya no están sumisos a la dominación de la jerarquía de la empresa, y a la injusticia específica del contrato de trabajo, pero que no por ello están menos explotados por las empresas capitalistas de las que estos «trabajadores autónomos» dependen, ya para vender sus prestaciones en el caso del trabajo externalizado, ya por encontrar sus clientes en el caso del capitalismo de las plataformas. En ambos casos, la explotación se efectúa de manera independiente con respecto al asalariado y sin dominación directa de la actividad de trabajo, pero solamente por medio de dispositivos de dependencia organizada; es decir, por medio de nuevas formas de dependencia objetiva o impersonal. El tema se encuentra en los Grundrisse de los que hemos partido: los nuevos «trabajadores autónomos» parecen ser más independientes, y sin duda lo son en cierto sentido, pero únicamente en un sentido, puesto que la dependencia siempre es muy intensa, cuando no incrementada, y las formas de la explotación específica de las que son objeto estos «trabajadores autónomos» no manifiestan tanto una mayor independencia, sino nuevas relaciones entre dependencia y independencia, entre dependencia personal y dependencia impersonal.

La naturaleza del vínculo entre explotación y dependencia no resulta clara de inmediato, mientras que no hay duda de que la explotación pueda ser criticada en términos de injusticia, de dominación y de alienación

¿Revalorizar o criticar la dependencia?

En la introducción hemos subrayado que la relación entre explotación y dependencia ha sido muy poco tomada en cuenta en las discusiones marxistas. Cabe concluir, asimismo, que los pensadores críticos contemporáneos han concedido un papel central a la noción de dependencia, pero con unas intenciones que no solamente se alejan de las de Marx, sino que incluso dificultan la rehabilitación del concepto crítico de dependencia que este intentó elaborar. La crítica feminista del liberalismo político se ha dedicado a mostrar que la condición humana está determinada por una dependencia antropológica (evidenciada especialmente durante la niñez y la vejez) que queda disimulada por los derechos de la autonomía personal.

De esta manera, diversos autores han insistido en que la universalidad de la dependencia debería conllevar el reconocimiento de la importancia del trabajo que se realiza en favor de las personas dependientes. Si aquí se asevera el vínculo entre trabajo, dependencia y explotación, este, sin embargo, se encuentra invertido con respecto al análisis marxiano. Mientras que para Marx las personas son explotadas porque son dependientes, en este caso se insiste en el hecho de que, de una manera específica, son explotados aquellos, y sobre todo aquellas, que trabajan para que las personas dependientes puedan conservar un mínimo de autonomía. En otros términos, ellas son explotadas no debido a su propia dependencia, sino debido a una negación de la dependencia de otros. Se ha visto, además, que el concepto de dependencia se ha erigido como concepto clave en una crítica del liberalismo político que consiste en una reformulación de la idea de autonomía personal en términos de autonomía descentrada. En contra del mito del yo desarraigado (disembedded self), se trata entonces de subrayar de qué modo la autonomía personal no puede construirse sino dentro de relaciones intersubjetivas que vuelven nos hacen depender los unos de los otros bajo la figura de la vulnerabilidad intersubjetiva. Incluso si estos análisis subrayan que la dependencia define una vulnerabilidad que expone a diversas experiencias negativas, con las cuales se articula la dominación, y que pueden desembocar en la alienación, el concepto de dependencia resulta altamente valorizado en la medida en que se trata de mostrar cómo la autonomía tiene que ser pensada conforme a la dependencia. De nuevo, se enarbola el concepto de dependencia con unas intenciones opuestas a las de Marx, que, en su caso, hacía referencia a un concepto crítico de dependencia.

Estas dos revalorizaciones contemporáneas de la problemática de la dependencia se distinguen del uso marxiano del concepto de dependencia por dos razones más: por un lado, se interesan por unas formas de dependencia antropológicas e intersubjetivas, en lugar de interesarse por unas formas de dependencia materiales (dependencias monetarias y técnicas); por otro lado, se interesan por unas formas de dependencia constitutivas de la experiencia humana (vinculadas con los procesos de crecimiento y envejecimiento así como con la constitución intersubjetiva del yo), en lugar de tener en cuenta formas de dependencia socialmente constituidas (por unas relaciones de propiedad y unas instituciones) u organizadas (por unas estrategias de poder).

Por supuesto, no se trata de elegir entre estos diferentes enfoques. La crítica feminista del liberalismo político en nombre de la dependencia antropológica resulta pertinente, igual que las teorías de la autonomía descentrada, pero tienen que ser conscientes de sus límites. Estos dos enfoques distintos se complementan en el sentido de que, por un lado, Marx no posibilita pensar acerca de una estructura de la autonomía descentrada que no permite analizar las formas de explotación específicas que caracterizan el trabajo del care, mientras que, por otro lado, el propio Marx elabora un concepto crítico de dependencia que posibilita reconocer unos problemas sociales y políticos que estos otros enfoques no son capaces de reconocer. Se ha mencionado antes el neoliberalismo y sus transformaciones contemporáneas como ejemplo del ámbito crítico del enfoque marxiano. Podríamos recordar también los análisis del trabajo de las madres sustitutas en términos de explotación. Constatamos, en efecto, que en estos últimos años la crítica de la GPA (o surrogacy) en términos morales ha cedido el paso en gran medida a unos análisis en términos de oferta explotadora, y que la dependencia monetaria es, en esos análisis, el factor determinante para la aceptación de la oferta explotadora. Aquí también resulta difícil ver cómo se puede analizar la explotación de manera efectiva sin poner en funcionamiento un concepto crítico de dependencia.

F+ Cómo ser un epicúreo (y vivir con placer razonado)

Para Epicuro, la filosofía no sirve de nada si no hace feliz al ser humano. Fundó, como también hicieron Platón y Aristóteles, su propia escuela, El Jardín. Este espacio, dentro de su propio hogar, fue el lugar escogido para desarrollar su filosofía, en las reuniones y charlas que mantenía con sus seguidores y amigos. Imagen hecha a partir de dos ilustraciones de Pixabay (foto del jardín, de GS S; ilustración de la mujer, de mohamed Hassan) y una de pxhere (ilustración del hombre, de mohamed hassan).

¿Qué es ser un epicúreo? La sociedad ha creado máscaras que nos impiden seguir nuestros instintos naturales. Ya en el siglo IV a. C., Epicuro decía que «hay que liberarse de la cárcel de los intereses culturales y de la política». No siempre bien interpretado, a Epicuro se le ha etiquetado como un desaforado hedonista. Perseguía el placer, sí, pero se trataba de una búsqueda moderada, siempre razonada, que condujera a la autosuficiencia.

F+ El mito Heidegger

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Be Premium. Argumenta Philosophica. El mito de Heidegger
¿Y si Heidegger fuera el autor de un remake y su filosofía solo la reiteración de un mito irreducible a un principio deductivo –la muerte–? La contemporaneidad de Heidegger tendría que ver así con una intención extemporánea: no retornar a Grecia, sino repetir su principio imposible, solo accesible fenomenológicamente. La originalidad de Heidegger –su «Destrucción»– se encontraría ligada al reconocimiento de esa repetición en el marco de la filosofía moderna, sobre todo a partir de Kant. Más allá del mito mediático, que redujo su filosofía al personaje, Heidegger sigue siendo hoy imprescindible por su propia extemporaneidad, quizá origen a su vez del más profundo error.

Por Arturo Leyte, Universidad de Vigo

¿Qué queda de Heidegger?

La pregunta evoca una ruina de cuyo alcance todavía no tenemos idea. Quizá por eso no tenga sentido plantearla en términos tan neutrales, sino beligerantes: «¿Qué queremos que quede?». En realidad, la ruina se encuentra todavía por conquistar. Si la obra del filósofo se encuentra medio devorada por su propio mito mediático, lo que entretanto sigue llegando al público es solo un eco que tiene poco que ver con aquella.

La recepción viene determinada por una suplantación: la de la obra por el personaje, cuyo protagonismo ha convertido la «filosofía» en denuncia biográfica, impuesta al parecer como único tema del pensamiento y la crítica, que a su vez sería considerada culpable de no proceder así.

Ante semejante panorama no tiene que sorprender que la propia filosofía, a la que esa misma crítica presuponía sin ninguna justificación una virtud incontaminada, se haya vuelto en sí misma sospechosa de la participación en un crimen desmedido, aunque quizá eso todavía le permita sobrevivir como último vestigio previo a su definitivo tránsito a la irrelevancia. Si ya resulta imposible que el eco devuelva hoy por hoy un genuino Heidegger (entre otras cosas porque lo de «genuino» ha devenido un término muy sospechoso), lo cierto también es que, cuando se trata de filosofía, su nombre resulta insoslayable, aunque esa necesidad haya contribuido a introducir todavía mayor confusión.

¿Qué queremos que quede de Heidegger? En realidad, la ruina se encuentra todavía por conquistar. Si la obra del filósofo se encuentra medio devorada por su propio mito mediático, lo que entretanto sigue llegando al público es solo un eco

A qué semejante tributo, se podría preguntar. ¿Tal vez a que Heidegger rompió radicalmente la tradición; tal vez a que en su obra reapareció Grecia, aunque fuera para decretar su absoluta extrañeza, y a la vez se decretó el final de la filosofía, o se deberá simplemente a la fascinación que despertó su expresión literaria, que le devolvía a la filosofía su perdido arcano?

Hoy interesa preguntarse si, al margen de la vulgaridad crecida en torno a su nombre, esa revolución de la filosofía que se ejecutó en Ser y tiempo allá por 1927 no tiene que ver con la recuperación de un mito de una naturaleza completamente diferente al mediático en el que ha quedado encallada su obra; un mito escondido (y «olvidado», diría Heidegger) en el mismo nacimiento de la filosofía. En ese caso, también quedaría por ver si ese mito remite directamente al inicio de la filosofía o ya solo a la posibilidad (o, quizá, solo calculada voluntad) de su reaparición en un tiempo diferido y de vocación terminal; en definitiva, si con lo de mito se remite a algo cronológico o estructural.

La respuesta a partir del texto de Heidegger no es simple por dos motivos solidarios y paradójicos: porque ese mito no tendría contenido ni historia y, a la vez, porque sin embargo haría comenzar una. En realidad, más que de «retorno» al contenido de un mito inicial ya constituido se trataría de la reinterpretación del propio inicio como mito (sin contenido). El presupuesto metodológico que yace bajo la cuestión del mito remite a que todo inicio resulta inaccesible, pues el destino de todo punto de partida es perderse.

El mito del inicio tiene que asumir así una pérdida estructural –desde el momento en que se «dice» el ser (que es siempre el punto de partida), lo único que queda es el propio decir (el mito)– cuya única compensación pasaría por dotarlo de un contenido, aunque en este caso eso suponga la suspensión del propio mito. No será difícil reconocer que en esa compensación (el desarrollo «narrativo» de esa pérdida) reside lo que justamente Heidegger llamó «historia de la filosofía», convertida así en el mayor enemigo –pero también enemigo necesario, porque sin él ni siquiera tendría sentido referirse al inicio– de la filosofía.

En realidad, más que de «retorno» al contenido de un mito inicial ya constituido se trataría de la reinterpretación del propio inicio como mito

En esta pugna entre la filosofía y su historia se juega el extraño trayecto de un pensamiento que comenzó en una cumbre para descender después a un punto desde el cual se volvería imposible volver a ascender. Quizá el trayecto de Heidegger entre Ser y tiempo y su final no sea más que la historia de ese descenso, o lo que es lo mismo: la historia del paulatino reconocimiento de aquella imposibilidad que todavía en su gran obra se quiso presentar como una «teoría del ser», quizá con el propósito último de provocar una reinterpretación del sentido mismo de «teoría». Es sobre este horizonte tan monumental como incierto –¿qué es Ser y tiempo hoy?– sobre el que cabe preguntar qué queremos que sea Heidegger, si a su vez también se trata de compensar ese eco que lo ha asimilado.

¿Un remake?

Tal vez Heidegger sea solo el autor de un remake apoteósico cuya intención anónima incluía desmontar cualquier remake posterior (y hasta anterior) hasta vaciar por completo la posibilidad de otra repetición. La novedad de su obra no habría residido por lo tanto en aportar un nuevo significado a la filosofía, sino en evidenciar el vacío que simplemente remitiera al inicio. El procedimiento para tal fin pasó por una original reescritura de la pregunta de la filosofía en su formulación clásica «¿qué es el ser?» hasta su desactivación bajo una expresión aparentemente anodina: «que el ser es».

En esta transformación se habría jugado el descenso aludido, casi una aventura, porque su ejecución obviaba de un plumazo el significado («qué») por el puro reconocimiento de un significante (que) que ya no aludía a la gramática sino a una constatación de facto, como si la respuesta esperada ya no dependiera de una pregunta y solo tuviera que ver con el interrogante silencioso e irreducible de la cosa. Porque para Heidegger, la pregunta por el ser, que es la pregunta por ese inicio y de la que por lo tanto no se puede esperar respuesta alguna, decididamente no se jugaba en la esfera gramatical de las proposiciones y los significados, sino mucho antes. Fue justo dicha «anterioridad» lo que se volvió asunto principal (y problema), bajo el presupuesto de que de eso principal no cabía deducir nada ni podía, además, presentarse como tal, de modo positivo y verificable. Por así decirlo, esa anterioridad definía un principio imposible.

En ese reconocimiento residiría lo más original del remake que inicialmente todavía se presentó como pregunta por el sentido, a sabiendas de que la cuestión misma impedía cualquier respuesta. Lejos de resultar una mera evocación mitificada, semejante «imposibilidad» encontró su insospechada prueba en el análisis del concepto existencial de la muerte, vuelto cuestión clave y principal del desarrollo de la pregunta por el sentido del ser y el tiempo.

Para Heidegger, la pregunta por el ser no se jugaba en la esfera gramatical de las proposiciones y los significados, sino mucho antes

La posibilidad misma de la teoría vino a depender así de una cuestión irreducible a cualquier conceptualización y descripción que no fuera precisamente la de su propia imposibilidad de presentarse analítica y objetivamente. De alguna manera, en el desarrollo de Ser y tiempo la cuestión del ser remitía su propia condición a la de la muerte, hecho imposible en cuanto tal pero cuya imposibilidad tenía precisamente que ser mostrada y puesta de relieve.

Porque la pregunta por la muerte –ciertamente, nunca presentada en el curso de la obra bajo una forma interrogativa– no remitía a algo por venir (después de todo, una constatación trivial), sino a la condición en la que se está y de la que depende en general todo preguntar. Invirtiendo la situación, la muerte no venía a revelarse en la exposición como tema de la pregunta sino como condición no explícita del preguntar. De este modo, la muerte perdía así cualquier significado conceptual (en definitiva, el biológico) para revelarse no solo como única seña de paradójica identidad –referirse a la muerte para reconocer que nunca se puede presentar–, sino de caracterización decisiva de las cosas, que como tales, en la medida en que se hacen relevantes, aparecen desde ella.

El asunto del remake –«que el ser es»– se hacía así definitivamente solidario de la constatación de una ausencia estructural –la muerte solo aparece cuando no es–. La cuestión de la muerte venía a liquidar cualquier versión anterior de un principio basado en una instancia superior, como por ejemplo la razón, para reconocer como único principio la existencia, justo un principio que ninguna lógica podía venir a resumir, justificar ni mucho menos deducir. Que en el horizonte de la filosofía contemporánea hiciera acto de presencia como figura principal la muerte y la existencia despertaba un interrogante sobre el alcance del programa de una racionalidad absoluta y devolvía la filosofía a su original perspectiva trascendental (también olvidada), con cuya frontera lindaba aquel mito sin contenido ni historia: no eran ya las categorías; ni siquiera, al modo kantiano, el tiempo como pura forma de la sensibilidad, sino la muerte misma condición primera y a la vez última de cualquier conocimiento.

Así se justifica más adecuadamente lo que se dijo sobre la imposibilidad de un nuevo remake: después de remitir la cuestión del ser a la muerte y a la existencia queda impedido de suyo comenzar una nueva gigantomaquia acerca del ser. Y así se puede entender más adecuadamente lo del «retorno» a Grecia, que en las páginas iniciales de Heidegger no guarda ningún sentido filológico o histórico, sino el de mera señal del mentado inicio, esto es, del momento ineludible en el que al tiempo que surge cualquier intento de conocimiento tiene lugar también su fracaso.

La cuestión de la muerte venía a liquidar cualquier versión anterior de un principio basado en una instancia superior, como la razón, para reconocer como único principio la existencia

Si la lógica pudo representar en el marco de la historia metafísica la pura luz de la verdad o, sin que eso supusiera contradicción alguna, al mismo tiempo la pura sombra, como remedos opuestos y separados, la muerte, comprendida como aquello principal y anterior –el genuino a priori trascendental–, vinculaba a un tiempo luz y sombra de un modo inseparable. No en la expresión de un nuevo mito filosófico, sino en la reiteración de un mito sin narración posible, vislumbró Heidegger lo original de la filosofía griega, obligada a la vez a repetirse y a olvidarse, pues, ¿qué filosofía va a hacer de un modo que no sea trivial –es decir, médico o fisiológico– de la muerte un tema? Respecto a la filosofía, Heidegger no planteó una nueva propuesta, sino un peligroso remake.

La ambigüedad de no tener principio

Por una parte, que a partir de Ser y tiempo no se elevara a nuevo principio filosófico el hallazgo –la muerte, la existencia–, poniendo más bien en evidencia que era precisamente ese hallazgo el que imposibilitaba cualquier principio, situó a Heidegger en un horizonte extraño a la filosofía de su tiempo, que remitía la redención del ser –en suma, la respuesta a la pregunta ontológica– a la historia, caso del marxismo, o al lenguaje, caso del neopositivismo y la filosofía analítica. De modo irremediable, Heidegger se quedaba fuera de las dos principales tradiciones modernas, la de la historia, y la de la lógica y la ciencia: cuando se comenzó a hablar de «filosofía de Heidegger» resultaba ya imposible su encaje en cualquiera de esas dos esferas dominantes.

Por otra parte, su alternativa, abonada al cultivo de una imposibilidad que definía una perspectiva extraña de lo moderno, sin duda cultivó un peligroso rasgo filosófico, guiado en este caso por esa consciente extemporaneidad: barruntar en su final de la filosofía el comienzo de una historia nueva. Aunque fuera bajo un sospechoso y ambiguo registro retórico (a veces también ridículo), elevar a posición filosófica la expresión de un «final» expuso el hallazgo fundamental de su filosofía a un malentendido definitivo, cuando además el hallazgo original impedía justamente eso.

Desde su buscada extemporaneidad filosófica, Heidegger se precipitó personalmente en el peligro brutal de su tiempo –que consistió en atisbar un «tiempo nuevo»–, reinterpretando de modo grandilocuente y heroico aquella enigmática sentencia de Hölderlin que vinculaba la salvación al peligro.

Heidegger se quedaba fuera de las dos principales tradiciones modernas, la de la historia, y la de la lógica y la ciencia: cuando se comenzó a hablar de «filosofía de Heidegger» resultaba ya imposible su encaje en cualquiera de esas dos esferas dominantes

‘Lejos de conocer a los suyos’ y de ese modo tomar una distancia, Heidegger simplemente se identificó de modo trivial con ellos. El redescubrimiento filosófico de la muerte tenía que haber quedado salvaguardado de cualquier veleidad estética, lejos de ensalzarse como motivo trágico y poético cuando –él mismo debía saberlo– la tragedia, en su decidido sentido griego, pertenecía justamente a Grecia, pero no a la modernidad desde la que el filósofo escribía. Esta se encontraba ya instalada en el complejo de Edipo, muy lejos de Sófocles.

¿Tenía sentido entonces –esa podría ser ahora la pregunta– cualquier evocación heroica del ser-ahí (Dasein) más allá del reconocimiento de su propia imposibilidad trágica, que de ser violada haría aparecer al héroe bajo una expresión ridícula? Obviamente no, pero sobre todo porque eso traicionaba aquella rigurosa descripción hermenéutica de la figura del Dasein como acontecimiento y ámbito de la verdad, inicial en el sentido indicado de la muerte pero no en el del comienzo de una nueva historia.

La filosofía de Heidegger esconde en esa ambigüedad fundamental la mezcla del extraordinario hallazgo filosófico con una confusa y hasta perversa evocación que impide reconocer el hallazgo de modo cabal. A veces parece que el personaje viviera preso de una extraña situación, que le hiciera aparecer simultáneamente en un tiempo pasado, volviéndolo reaccionario, y en un tiempo futuro, volviéndolo profeta, pero no en el suyo propio. Pero tal vez esa pastosa mezcla de pasado y futuro tampoco fuera tan original, sino justamente característica de un tiempo que pretendía ejecutar de inmediato la tan esperada utopía, incapaz de elaborar reflexivamente nada propio, como si la reflexión ya hubiera sido adelantada salvajemente por la técnica y el arte, inhibiendo cualquier posibilidad de detención.

Heidegger mismo vislumbró ese poder de la técnica, que anticipaba y a la vez superaba al propio ser, precisamente en la medida que lo producía. Es muy posible que de haber abrazado una convicción que procediera de la corriente de la izquierda marxista europea, orientada al futuro sin calcular tampoco la autonomía y hegemonía de la técnica que se liberaba de cualquier compromiso con el hombre (¡solo la historia importaba!), Heidegger no fuera hoy el diablo filosófico en que se ha convertido. Pero también es verdad que eso nunca hubiera podido suceder, porque esa izquierda progresista siempre fue extraña a una concepción de la existencia y la muerte como las pensadas en Ser y tiempo (¿acaso para la versión marxista la cuestión de la muerte ha sido algo más que una cuestión lógica o biológica cuyo reconocimiento existencial, más allá de dar la vida por la revolución, impediría partir al barco de la historia?).

En esa medida, Heidegger no fue el izquierdista que le hubiera redimido de su ridícula evocación heroica (de suyo falsa) –evocación que otros intelectuales cultivaron sin sufrir las consecuencias del ridículo, quizá porque la tragedia de la revolución obedecía a una buena causa–. No fue tampoco el ideólogo de derechas que se entregara al nostálgico futurismo o al más acendrado reaccionarismo de una vuelta al pasado, sino simplemente el patético bufón vestido ocasionalmente de uniforme nazi o, todavía más patético, disfrazado de campesino con corbata, como aparece retratado en algunas fotografías.

A veces parece que el personaje viviera preso de una extraña situación, que le hiciera aparecer simultáneamente en un tiempo pasado, volviéndolo reaccionario, y en un tiempo futuro, volviéndolo profeta, pero no en el suyo propio

Del Heidegger bufón, que todavía intentó disfrazar su error equiparándolo al de Edipo (y hasta Prometeo) para disimular su vulgaridad por medio de la tragedia –como si eso lo exculpara–, habría que desprenderse como del lastre que es capaz de hundir todo tras de sí. Del Heidegger que podríamos «querer», que en ningún caso tendría que ver con personaje alguno –insalvable o salvable–, habría que quedarse con el que rescató la filosofía de su identificación con las «ciencias del espíritu» y la devolvió a su ambiguo y peligroso «tema», el ser, reinterpretándolo a la luz de la muerte y, en completa coherencia, a la luz de la verdad ligada mortalmente al tránsito del aparecer y desaparecer de las cosas. Porque esta es la versión que reitera a su vez de un modo original, aunque ya no griego (eso resultaría imposible), el inicio, el mito: la trágica relación de las cosas con el hombre, destinada siempre a un conflicto mortal.

¿Tendrá algo que ver con el mismo destino de la filosofía, tal vez fatal, que el ser, huyendo del reconocimiento de su condición, se engañara a sí mismo con la subsistencia de las cosas y se acabara comprendiendo como ousía, bajo la característica de la permanencia y la propiedad? Tal vez Heidegger no hizo otra cosa en su largo desarrollo filosófico que desvelar el exiguo alcance de ese hallazgo: cómo la ousía vino a vestir la muerte con el disfraz del ser y la presencia.

En todo caso, ese hallazgo atentó directamente contra la línea de flotación de la filosofía moderna, sustentado a su vez por otro remake original: la reinterpretación de la ousía a partir de un yo que solo puede sostenerse dándole la espalda a la muerte y a la existencia, y que por eso mismo solo puede llamarse cogito.

Como no podía ser de otra manera, el remake de Heidegger consistió también en desmontar ese cogito cuya naturaleza eludía la existencia bajo la impostura de pensar en lugar de ser. Así, del remake de Heidegger que reitera la condición mítica inicial resulta solidaria también la identificación del defecto moderno, una identificación que a su vez solo resultaba posible por medio de una reiteración de Grecia (el inicio).

Del Heidegger que podríamos «querer» habría que quedarse con el que rescató la filosofía de su identificación con las «ciencias del espíritu» y la devolvió a su ambiguo y peligroso «tema», el ser, reinterpretándolo a la luz de la muerte y a la luz de la verdad

A vueltas con el remake

En ningún lugar de la obra de Heidegger se encuentra tan sumaria y claramente expuesta la cuestión del remake como en el texto de la Introducción a Ser y tiempo. Seguramente no existe en la literatura filosófica del siglo XX un proyecto tan ambicioso como el que reproducen esas breves páginas, que no se sabe bien si exponen un programa por hacer o ya los resultados de la investigación, tal es su magnífico y ambiguo alcance.

Lo original de aquel planteamiento de 1927 no residió solo en la enumeración de dos tareas solidarias –análisis y destrucción–, sino en su inextricable vinculación, que obligaba a un retorno: la figura recreada como Dasein no resultaría filosóficamente más original que la recreada en su tiempo como cogito, excepto porque la primera solo tenía el propósito inicial de interrumpir el horizonte de la segunda. Pero se malentendería el fondo del asunto si se pensara la cuestión en términos de sustitución de una figura por otra o cosas semejantes.

El remake planteado en el texto de la Introducción tiene el doble y paradójico alcance de proponer refundar la filosofía y, al mismo tiempo, buscar su interrupción. El procedimiento de la interrupción no podía consistir a su vez en la sustitución mecánica de la ousía (o el cogito) por el Dasein, sino en el reconocimiento del Dasein como su precedente, es decir, como aquel «inicio» imposible de aparecer como tal.

En realidad, el contenido del Dasein se resumiría en su exclusivo carácter estructural de precedente, que por lo tanto no definiría ninguna «figura filosófica» nueva, sino que solo vendría a ilustrar la constitución temporal del ser a partir de la muerte. Y es dicho precedente el que se encuentra doblemente olvidado: por una parte, porque de su naturaleza forma parte el sustraerse; por otra, como resultado de la propia ontología, que en su propósito de rescatarlo lo convierte simplemente en un tema. De ahí la necesidad filosófica de desmontar la ontología. Así, más que de una fundamentación de una nueva filosofía, la ontología fundamental –título con el que Heidegger nombra su programa de 1927– se vuelve solo recuerdo de eso precedente, al modo en que para Platón la verdad no se instituía nunca de nuevas, sino que procedía de la rememoración de algo anterior –en ese caso, las ideas–.

El remake adquiere en Heidegger el carácter de una rememoración, que es lo que lo vuelve radicalmente original en el horizonte de la filosofía moderna, abonada siempre a la novedad y deducción de un nuevo principio. Porque lo que constituye la originalidad moderna no reside en un recuerdo, sino en la construcción y ejecución de los principios: no se trata ya solo del ejercicio hermenéutico de diferenciar entre un mundo sensible y un mundo inteligible, sino de construir lo sensible como suprasensible (y viceversa), vinculando inseparablemente la lógica y su realización, que es la historia.

Lo que constituye la originalidad moderna no reside en un recuerdo, sino en la construcción y ejecución de los principios

En el nuevo escenario moderno, lo absoluto no vendrá definido por una verdad suprasensible, sino por el proceso de transformación de lo sensible en suprasensible, que en su momento, cuando sea realizado, cerrará el círculo de los principios. En realidad, el círculo se cerrará aunque esa transformación no se ejecute materialmente: bastará con que la transformación se identifique con el significado vacío y lo suprasensible venga así a definir, más que un lugar o un estado, el propio movimiento sobre sí mismo, que es a lo que en realidad cabe llamar «concepto».

La aspiración de la revolución política moderna no dejó de tener que ver, bajo cualquiera de sus designios, con ese cierre del círculo, asociado a un proceso absoluto y, por eso mismo, indeterminado, sin límite. La política solo habría venido a continuar la filosofía por otro medio, sustituyendo la interpretación por la transformación histórica. La «novedad» de Heidegger vuelve a retomar en este marco un carácter antimoderno, aquí cifrado en rescatar aquella señal de la interpretación (hermenéutica) frente a su disolución en la transformación. Heidegger no habría dejado de revisar filosóficamente si en esa transformación que convierte la filosofía en absoluto no subyace una característica totalitaria, vinculada a una realización de la metafísica que supone la propia supresión de la diferencia sensible-suprasensible y, en general, de cualquier diferencia.

Tal vez, tras Descartes y más allá de él (más allá, por lo tanto, de su redescubrimiento de una verdad no ligada a ataduras naturales), se esconda una monstruosidad más horrible que la de la esfinge que plantea el enigma al hombre para hacerlo sucumbir; precisamente la monstruosidad de que cualquier enigma quede disipado en la totalidad infinita (lo absoluto), liquidando de paso la filosofía misma, que solo se había caracterizado como mera aspiración a la verdad y al saber, pero nunca como su consecución.

Heidegger no habría dejado de revisar filosóficamente si en esa transformación que convierte la filosofía en absoluto no subyace una característica totalitaria

Para Heidegger, la ambigüedad intrínseca al destino de la filosofía moderna resultaría en consecuencia de una doble naturaleza: histórica y estructural. Según la primera, se trataría de ver en qué medida esa reiteración moderna del ser, que lleva a entenderlo simplemente como significado vacío (y este significado vacío coincide con la figura de la subjetividad), es secuela de Grecia o, por el contrario, novedad (novedad horrible). Pero esta ambigüedad es interpretativamente tan irresoluble como la segunda, que remite a considerar si el mismo planteamiento totalitario del cogito (como operador de la transformación sensible-suprasensible) no esconde a su vez la posibilidad de una liberación jamás contemplada, una que incluso podría llegar eventualmente a excluir el rasgo totalitario del fundamento (algo así como una subjetividad que dejara de serlo).

Que esta alternativa o camino, solo posible, se llame o deje de llamarse «ilustración» es asunto menor al lado del problema principal, que reside en que la misma alternativa resulta inseparable de la vía absoluta, que en cuanto tal no admite vía alguna (lo absoluto mismo no es una vía, sino el conjunto y la reducción de todas a una). Entendido así el asunto, la mentada ilustración puede aparecer tocada de muerte desde su inicio, incluso aparecer como «ilustración absoluta», fórmula que equivaldría a la aberrante expresión «verdad absoluta» (sin diferencia, sin doblez).

Es la doble naturaleza de la ambigüedad –histórica y estructural– la que resulta rescatada y puesta en evidencia en el planteamiento de Ser y tiempo, donde la figura del Dasein, como expresión inicial y provisional del ser, que es siempre lo precedente, excluye tanto una filosofía de la historia –que vendría a ratificar el presupuesto de la continuidad entre lo griego y lo moderno– como una verdad absoluta, presuponiendo además que ambas cuestiones son en el fondo la misma.

El toque griego de Heidegger –¿acaso referido a Grecia puede tratarse ya para nosotros de algo más que de un toque a muerto, de un clamor?– inunda las páginas de Ser y tiempo, no tanto porque en ellas se trate explícitamente de Grecia, sino porque se recomienda su liquidación; a saber, la liquidación de esa representación de Grecia como figura matricial de la modernidad, cuando en realidad es solo una figura ancilar de la misma.

La propia filosofía de la historia se basa en una consideración del pasado no como verdadero pasado (y por lo tanto inescrutable e inaccesible), sino como un producto de la versión absoluta. Eso es lo que se intenta desmontar en Ser y tiempo por medio de la modificación de la expresión (pregunta) «¿qué es el ser?» bajo esa otra que solo tiene carácter de constatación y reconocimiento: «que el ser es»; «que es» más allá y antes de toda fórmula o expresión. Si la forma de la pregunta en general y, por tanto, también la pregunta por el ser, tenía una naturaleza lógica, el reconocimiento solo puede ser fenomenológico. En todo caso, la pregunta por el ser, que ya comenzó a desmontarse en Ser y tiempo al formularse como pregunta por el sentido del ser, tiene que culminar, precisamente, perdiendo su carácter de interrogación.

Heidegger llevó a cabo esa tarea leyendo como conflicto lo que en la filosofía de Kant todavía convivía en paz, a saber, la relación lógico-fenomenológico. Entretanto, para Heidegger resultará claro que la filosofía solo puede ser radicalmente fenomenológica, lo que excluye la figura del cogito, justamente porque el cogito solo tiene una cara, una que equivale a todas, la de la identidad.

La pregunta por el ser, que ya comenzó a desmontarse en Ser y tiempo al formularse como pregunta por el sentido del ser, tiene que culminar, precisamente, perdiendo su carácter de interrogación

Pero tampoco se trata de que la filosofía de Heidegger se dirija contra el cogito –eso es más propio de un planteamiento como el de Freud (aunque a la postre, bajo el descubrimiento de su constitución estratificada, el propio cogito resulte amplificado)– cuanto de que se formula extraña al mismo, aunque sin eludir obviamente su hegemonía; más bien al contrario.

En efecto, el descubrimiento de la temporalidad, en respuesta a la pregunta por el sentido del Dasein y en oposición al tiempo, no quiere decir que ahora la temporalidad venga a constituirse en la nueva figura del tiempo, sino más bien en su interrupción –interrupción puesta en evidencia por la irrupción de la muerte–. Porque, de caracterizarse por algo la temporalidad, sería precisamente por su inaccesibilidad –no es ousía, no es presencia–; de ahí su carácter indescifrable –es sentido, no significado–; de ahí también su naturaleza hermenéutica, no tanto porque su verdad dependa de nuestra interpretación, cuanto de que nuestra interpretación depende de las señales de su propia ausencia.

Aquí, en este punto, reside el aspecto más original de la palabra «y» con la que Heidegger vincula en su título principal los términos «ser» y «tiempo». Esa palabrita constituye el más profundo reconocimiento de lo que la filosofía puede decir: decir solo del fenómeno, una conjunción temporal y que, por eso, no es solo lo que se muestra, sino justamente aquello que al mostrarse se rehúye y queda oculto –el ser–. Efectivamente, ser y tiempo son lo mismo, pero este lo mismo no remite a una identidad, sino a la imposibilidad de un cierre: lo que se muestra, el ser, es lo que siempre se retrae –el tiempo, que nunca aparece–, de ahí que en consecuencia pueda hablarse de algo así como de la constitución temporal de la cosa. Este es el descubrimiento más poderoso de Ser y tiempo que, siguiendo estrictamente el procedimiento fenomenológico –atender a lo que se muestra tal como se muestra y desde donde se muestra–, tiene que recalar en «la muerte» (condición de la temporalidad), único tema, por otra parte, que resulta imposible tematizar.

La pregunta por el ser, como resumen de la pregunta teórica, choca con una barrera intraspasable y Heidegger se vuelve así radicalmente extemporáneo. Paradójicamente, este carácter así entendido constituye el aspecto más señalado de su legado, en cierto modo el más revolucionario, porque atenta contra el sobreentendido devastador de una filosofía (moderna) que acabó comprendiéndose exclusivamente como «filosofía de la historia», sepultando de esa manera el sentido histórico de la historia en aras de su exclusiva comprensión lógica.

Ser y tiempo son lo mismo, pero este lo mismo no remite a una identidad, sino a la imposibilidad de un cierre: lo que se muestra, el ser, es lo que siempre se retrae, de ahí que en consecuencia pueda hablarse de algo así como de la constitución temporal de la cosa

Regresar a Grecia a través de Kant (y a Kant a través de Grecia)

Del legado de Heidegger forma parte su extemporaneidad (a la postre, en esto consiste su remake), que vino a producir esa interrupción de la versión moderna de la filosofía. Pero esa extemporaneidad no se define como el retorno y la entrega a otra época –por ejemplo a Grecia–, como quien descubre finalmente su origen. Surge más bien del descubrimiento del viso griego, una suerte de avatar escondido en la filosofía moderna.

Ese descubrimiento va de la mano de su reinterpretación fenomenológica de Kant, frente a la versión lógica sostenida por el neokantismo. Heidegger descubre así el olvidado origen griego (incluso para Kant, que de Grecia retiene un comprensión trivial) en el seno más profundo de la filosofía moderna. En la Crítica de la razón pura no se trataría de la fundamentación lógica del conocimiento, sino de las condiciones ontológicas que lo hacen posible, pero de unas condiciones de las que no se puede partir como principio, porque no vienen dadas, sino que tienen que ser encontradas. Como resultado de la investigación, concebida exclusivamente como búsqueda, se vislumbraría que el territorio donde se origina el conocimiento no es el entendimiento lógico, sino la intuición y, más radicalmente, la imaginación trascendental.

Cuando Heidegger, refiriéndose a Kant, afirma que «la imaginación trascendental no tiene patria», está reconociendo la inseguridad estructural y la extrañeza de cualquier principio establecido, justamente porque la imaginación supone el extraño ámbito donde se fragua la misma lógica, es decir, donde se fragua la posibilidad misma de la relación entre un sujeto y un predicado, entre la cosa y la idea… Ese marcado «no tener patria» con el que Heidegger caracteriza en 1929 la imaginación trascendental evoca el ámbito del que Heidegger acaba de tratar en Ser y tiempo en 1927 casi como continuando su análisis: esa ausencia de patria o territorio define el carácter mismo del Dasein (serahí), cuya constitución solo se deja rescatar hermenéuticamente.

En el rescate «griego» de Kant que elabora Heidegger se hace evidente la señal más vulnerable del poder del juicio moderno (a la postre, la verdadera constitución de la subjetividad), cifrada en la detección de algo inconcluso y no cerrado que imposibilitaría la garantía última del conocimiento y la decisión, sujetos así siempre al error y el fracaso. La historia, en efecto, se encontraría siempre en trance de fracasar, porque no está sujeta a reglas.

Ese «no tener patria» con el que Heidegger caracteriza en 1929 la imaginación trascendental evoca el ámbito del que Heidegger acaba de tratar en Ser y tiempo en 1927 casi como continuando su análisis: esa ausencia de patria o territorio define el carácter mismo del Dasein

El viso griego, que no aparece como una cumbre, sino como una cara oculta, imposibilitaría cualquier filosofía de la historia. Más allá de la continuidad de la modernidad respecto a Grecia y de la consabida y cansina referencia a los orígenes griegos de la historia occidental, que en la actualidad suena más a publicidad de un paraíso de vacaciones filosóficas que a expresión de verdad alguna, por «Grecia» Heidegger sigue entendiendo algo extraño a lo moderno.

Su «Destrucción de la historia de la ontología», que aparece como parte del programa expreso de Ser y tiempo, significa así esencialmente dos asuntos solidarios: por una parte, destrucción de esa moderna concepción de la filosofía griega y, por otra, revelación hermenéutica de ese rasgo disruptivo vinculado a la tragedia (es decir, a la imposibilidad del cierre del conocimiento). Según esto, el logro de Grecia no quedaría expresado en la formulación de una relación lógica entre un predicado y un sujeto, sino en la imposibilidad de garantizar que un predicado (lo que se dice) se diga propiamente de algo (de un sujeto) y no sea un error.

Del descubrimiento de Grecia sería entonces solidario un reconocimiento del error que lo eleva ontológicamente al rango de la verdad, en la medida en que puede iluminar mucho más (es el error de Edipo lo que acaba revelando su verdad). En el fondo, en su sentido más grande y también más vulnerable, la filosofía no habría consistido en otra cosa que en poner de relieve ese rasgo equívoco inherente a cualquier conocimiento o decisión.

¿Hay que sorprenderse entonces de que Heidegger sea un filósofo sospechoso en el horizonte moderno? El rechazo a Heidegger impide el reconocimiento y la lectura de un aspecto extrañamente original que pone patas arriba una concepción trivial de la modernidad según la cual la democracia y la ciencia griegas constituyen «nuestros orígenes», como si además eso garantizara su virtud.

¿Y si, en cambio, lo griego mismo –como parece derivarse del remake– fuera lo sospechoso y hasta peligroso? Lo que subyacería entonces a la singular referencia de Heidegger a Grecia, más allá de que se haga o no explícita, sería la evocación del propio peligro que entraña ese descampado al que Heidegger nombra como Dasein, que constituiría solo una postrera repetición de algo perdido: la equívoca relación, por eso trágica, con los dioses –la propia lucha entre los viejos (terribles y horrorosos) dioses y los nuevos dioses, bajo cuya tutela quiere aplacarse la interminable lucha–; el presentimiento de que precisamente bajo una empresa bien trabada se encuentra la catástrofe (Troya); la disputa sin final entre lo doméstico y lo político (Antígona); la propia tragedia de la pólis, abocada a desaparecer en cuanto se hace relevante; el desencuentro permanente del domicilio, incluso cuando se ha llegado a casa (Odiseo), o precisamente cuando se ha llegado.

Heidegger nos planta ante una doble pérdida: la de Grecia y la del lugar donde estamos, que sobrevive solo como final, despojado de origen

Todo eso alienta en las páginas de Heidegger más extrañas aparentemente a Grecia; alienta incluso como el reconocimiento de una paradójica imposibilidad, porque se presenta como una imposible reivindicación de la tragedia, pero al mismo tiempo como un elemento de salvación en el medio de la seguridad total.

Si incluso en la gran filosofía del Idealismo alemán, más allá de Kant (y no solo en el sentido histórico), que intenta exorcizar ese peligro que conduce a la catástrofe bajo la idea de sistema –sistema que se cierra a pesar de la historia, o mejor, historia que se pretende desactivar como sistema–, se hace patente una ambigüedad irreducible que aboca a la conciencia a lo que se encuentra fuera de ella, reconociendo así que siempre hay un afuera del sistema; si incluso en ese Idealismo que ha intentado reducir Grecia bajo una magnífica filosofía de la historia instalándola en la historia de la filosofía, se encuentra latiendo aquel viso griego –en el fondo, la conciencia filosófica nunca podrá asimilar del todo a la conciencia natural pese a cualquier Fenomenología del Espíritu–, lo que resulta claro de la destrucción emprendida por Heidegger es que hay un elemento irreducible, que no resulta cognoscible porque nos precede.

En Heidegger se acaba revelando como puro espejismo la idea de una democracia que sobrevendría necesariamente gracias a la incesante tarea de la ilustración. Más bien emerge la impresión contraria: ninguna ilustración nos librará de suyo, solamente por ser ilustración, de la catástrofe. No se dice si eso es así porque en el fondo del entendimiento habita trágicamente un impulso que incluso aspira a la destrucción y desaparición, porque la ilustración ha borrado bajo su optimismo el hecho de la existencia y la muerte, o porque lo propio de la ilustración, por mucho que se lo haya ocultado a sí misma, es una ambigüedad sin solución.

¿Qué hacer entonces con Heidegger?

Cuando el crimen del autor se ha vuelto el propio tema de la filosofía, lo mejor sería no hacer nada, aunque esta alternativa se vuelve también impracticable, porque sin Heidegger se asistiría a un remedo de filosofía. Pero lo cierto es que bajo esas condiciones hostiles resulta casi imposible atender el alcance de su descubrimiento –el remake que vislumbró una falla decisiva (Grecia) en la misma constitución de la filosofía moderna–.

Cada vez que un nuevo documento escrito sale a la luz para mantener viva la atención sobre el personaje (editorialmente muy bien dosificado), simultáneamente se extiende una sombra sobre la filosofía en general, especialmente sobre aquella orientación –la ontología, la metafísica– a la que de manera subrepticia se ha vuelto cómplice del horror de los campos de concentración y exterminio, ligando en una sola representación el pensamiento especulativo y la catástrofe contemporánea.

En este sentido, poco se puede hacer, máxime si se reclama un pensamiento positivo y no sospechoso preparado para los nuevos tiempos y los retos de la nueva humanidad, anclada entre la tecnología y la barbarie (como si la filosofía fuera igual que la medicina y tuviera que dedicarse a diagnosticar para luego proceder a la intervención quirúrgica o farmacológica). Pero justo esa brecha entre los viejos y los nuevos tiempos es lo que aparece puesto de relieve en la extemporánea reflexión de Heidegger, justamente para revelar una pérdida irrecuperable.

El remake, en efecto, no tiene la pretensión de devolvernos a ningún lugar del pasado, sino más bien de revelarnos adónde no podemos volver. Heidegger nos planta así ante una doble pérdida: la de Grecia y la del lugar donde estamos, que sobrevive solo como final, despojado de origen. En el horizonte de esa pérdida, se plantea cómo seguir pensando entonces, cómo ir más allá de las categorías que definieron la propia estructura del pensamiento que llevaron a ese final. ¿Es eso posible?

En ese desmesurado intento –pensar más allá de la filosofía a la vista de ella–, se desarrolló una obra cuya dificultad no estribó en la complejidad de sus contenidos, sino en el reconocimiento de que ya no hay contenidos a los que referirse excepto aquellos de la tradición –eso es precisamente lo que define el final–. ¿Y cómo pensar incluso la tradición (la filosofía) si no se hace con sus propios conceptos?

Crear unos nuevos para el caso se convertiría en una mera sustitución, pues los conceptos son solo artificios surgidos de la lengua. ¿Acaso todo el malentendido de la filosofía no procedería de privilegiar la figura del concepto, como si fuera original, cuando lo verdaderamente original sería su origen, la lengua común y el suelo del que surgieron, que ni se dejan programar ni construir?

Pero, por otra parte, ¿cómo distinguir hoy –si no fuera por medio de un artificio tan falaz como estéril– los conceptos de aquel origen en la lengua común, cuando esta ya ha naturalizado aquellos y resulta indisociable de ellos? Tal distinción se encontraría abocada directamente al fracaso y simplemente reeditaría una mala metafísica –diferencia entre la lengua pura y sus derivados conceptuales y gramaticales–, porque no se puede hablar realmente de algo ajeno y exterior a la tradición y a la cultura –en definitiva a la lengua– bajo la que se ha articulado todo.

Solo abandonando la instancia de una «lengua pura» o de un «ser» independiente de su propia recepción se estaría al menos en el camino de identificar ese superpuesto (que siempre viene después) que se llamó «ontología» o «lógica» y, si acaso, enfrentarlas a su propio origen. En esa tarea se resumió parte del programa de Ser y tiempo, a la vez que se descubría la raíz ontológica (ontológico-fundamental) de cualquier acción o reflexión, tan sutil resulta además su diferencia.

¿Acaso todo el malentendido de la filosofía no procedería de privilegiar la figura del concepto, como si fuera original, cuando lo verdaderamente original sería su origen, la lengua común y el suelo del que surgieron, que ni se dejan programar ni construir?

La «novedad» de Heidegger remite a un nuevo sentido de totalidad, más allá de aquella pretensión universal –el ser en cuanto ser– que deslocalizaba metafísicamente el ser de su propio origen, de su propio acontecimiento. La totalidad remite solo al propio acontecimiento, definido y delimitado por la muerte: no hay más totalidad que la de la existencia, siempre incompleta, siempre inconclusa. Heidegger no liquida la ontología, simplemente revela su origen. Si a la revelación de ese origen le dio el título de «ontología fundamental» durante un tramo de su obra, pronto abandonó incluso esa denominación, llena de pretensión. Después de todo, incluso la «ontología fundamental» corría el peligro de hacer tema del ser, esto es, de la muerte y de la existencia, y volverse simplemente «ontología».

¿Qué queda entonces de Heidegger? ¿En qué consistió su intento? Si en todo pensador hay una decisión por algo, Heidegger decidió sobre todo una «negativa», que más que como un no específico sobre esto y lo otro cabe entender como un no radical a la identidad (entiéndase: como sustancia, como cogito o como voluntad), o lo que es lo mismo, a la suplantación del fenómeno por una posición lógico-deductiva; una posición que siempre será derivada.

El nihilismo moderno no es a ojos de Heidegger otra cosa que esta transformación y sustitución del ser por el yo o la identidad, a la postre el recurso para reclamar la presencia absoluta del tiempo –la coincidencia de diacronía y sincronía; la perpetua reinterpretación diacrónica del acontecimiento– más allá de la muerte. Bajo un rasgo de suprema ironía, el nihilismo moderno surge contra la muerte, como proyecto de afirmación de un tiempo atemporal.

Heidegger nada ya desde el principio en las aguas del nihilismo, pero a contracorriente. Por eso su tarea tiene un carácter titánico y por eso su hazaña puede considerarse escandalosa, innecesaria y hasta ridícula, porque nadie la exigía. Desde luego, extemporánea. De Heidegger, más que con un contenido o una idea, habría que quedarse con el intento: hacer relevante una interrupción. Consideremos que esta interrupción, más que expresar un concepto, plantea un interrogante inesperado que nos deja sin aire. Interrupción de la ontología, es decir: de la ética –el bien no es un contenido que se pueda definir–; de la estética –la vivencia estética constituye la tumba del arte–; de la política –la democracia es solo una reiteración de la figura deductiva del cogito pero en ningún caso heredera de la pólis griega–; y por último, de la historia –la historia es acontecimiento y finitud, no sucesión infinita–. La interrupción se orienta por el camino del no, a sabiendas de que tan extraño camino no tiene dirección. En efecto, ¿a qué patria habría de llevarnos el no?